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ART & CULTURE

          
 
PERIPECIAS DE UN PINTOR©


Tarjetas de Crédito - Capítulo 3
Por Federico Leon de la Vega - Marzo 2006

A finales de 1994, estalló en México una crisis económica que paralizó las ventas  de  cualquier cosa que no fuera estrictamente necesaria en todo el país; simplemente no se  vendía. La gravedad de la situación la expresaba bien un chiste que se contaba entonces, en el que un corpulento texano entraba a una cantina y pedía un tequila y luego otro y  otros tequilas más. Finalmente, al momento de pedir su cuenta, el cantinero sumaba todo y le decía "son mil pesos señor"  a lo que el texano respondía "no, no pesos...¡dollars!" entonces el cantinero  con cierto  aire de comprensión y desdén decía: "no pos entonces así déjelo... no es nada".


Muchos amigos y clientes míos que se consideraban ricos quebraron y tuvieron que vender sus casas a precios castigados, algunos buscaron negocios en otros países como los Estados Unidos o Chile. Aún recuerdo el caso de uno que pocos días antes de la  devaluación había pensado comprar un  Mercedes Benz – ya solo le faltaba decidir qué modelo. A las pocas semanas había tenido que vendido todos sus autos para quedarse con uno solo, y modesto. La desesperación general se aliviaba un poco con chistes irónicos  como el llamar a1995 “el año de la oferta y la demanda, porque nadie compraba a menos que fuera en oferta y nadie pagaba si no lo demandaban”


En estas circunstancias desde luego que nadie pensaba en comprar pintura. Los bancos inmediatamente elevaron las tasas de interés a sus deudores, incluyendo los de tarjetas de crédito, entre los cuales por supuesto estaba yo. La tarjeta que más me preocupaba era la del banco Inverlat (ahora Scottia Bank), pues yo debía aproximadamente $27,000.00, los cuales, con las nuevas tasas se iban aproximando a los $50,000.00 para mediados de 1995, cuando gracias a Dios se me ocurrió llamar al banco e investigar quién era el presidente. En aquel tiempo el cargo lo ocupaba Don Agustín Legorreta y su secretaria era una señorita Trini, con quien una vez superadas con argucias las molestas barreras de las empleadas inferiores sostuve una sencilla, franca y muy agradable conversación:

- ¿es usted la Srta. Trini? Secretaría de Don Agustín?

- Sí señor a sus órdenes

- Srta. Trini, yo soy cliente del banco desde hace años y mi oficio es el de pintor, es decir artista. Le llamo porque quiero pedirle que reciba una carpeta de fotografías de mi obra, para que las vea usted, y si le gustan, me haga el enorme favor de enseñárselas a Don Agustín, para que si a él también le gustan veamos la posibilidad de pagar mi tarjeta de crédito con obra.... de otro modo y al paso que van los intereses, me será imposible pagarle. Ahora que si no le gustan a usted las pinturas, me regresa la carpeta y ya, no se preocupe por nada. La carpeta ya va en camino con un propio ( creo que esto de enviar un  mensajero me hizo a mí sentir algo importante y estoy seguro que ella sintió alivio de que no fuera yo en persona... con lo molestos que son los acreedores!).

Para mi gran sorpresa, después de unos días recibí la llamada de Trini, invitándome a una cita con el presidente de Inverlat.  Yo desde entonces le cobré afecto a Trini, y aún la recuerdo con agradecimiento, pues de su amable intervención resultó que Don Agustín Legorreta me dedicó la parte tarde en el piso 22 de la torre de Reforma esquina con Periférico.

Don Agustín, un caballero refinado y de buen gusto, después de charlar conmigo sobre pintura y mostrarme  piezas de su colección  me condujo al  comedor de directores en el noveno piso. Ahí me enseño una gran pared al frente de la amplísima sala  de recepción, donde se reunía el consejo  y se celebraban importantes asambleas y festejos. -¿Qué se le ocurre que pudiera verse bien aquí? Me preguntó.  Y yo, que todavía no me imaginaba que me daría el espacio para pintar un mural de 2 x 9 metros, alentado por la confianza  le expresé algunas ideas, de las cuales para mi suerte una le convenció: algo muy mexicano, -pues la arquitectura interior es de su primo, Ricardo Legorreta- unos chiles gigantescos, verdes y rojos!

La elaboración del mural, siendo en el comedor de directores, fue muy divertida y por demás placentera. La verdad es que me gustó el ambiente banquero. Todas las mañanas llegaba yo a las nueve; a las diez pasaban un carrito con café y pan.  Luego, todas las tardes a las 2:30, durante las tres semanas que tardé en terminar el mural, llegaba el capitán anunciando: -maestro, su comedor está listo. Así, trabajando muy a gusto, comiendo exquisitamente en un comedor privado, donde nunca faltó el buen vino ni la buena compañía de personal de alto nivel  del banco, fui liquidando mi deuda.  Al tomar forma los chiles, no faltaron las bromas típicas de la picardía mexicana. Una vez un director, mostrando el mural a unos clientes distinguidos les explicó: -señores, estos chiles son la expresión gráfica de nuestras actuales tasas de interés. En otra ocasión un grupo de chicas -los banqueros tiene buen gusto para escoger recepcionistas y algunas secretarias- se organizó y tomó el elevador especialmente para ver el mural. Después de unos minutos de silencio observándome cómo pintaba, una de ellas preguntó -oiga maestro ¿y para qué tantos chiles, si con uno bueno basta?
                                                   
Guardo muy gratos recuerdos de esta peripecia. No solo pagué mi deuda sino al terminar que gané un buen dinero, pues reconocieron en el mural un valor superior al que yo debía a la tarjeta de crédito.  Conocí gente fina a la que siempre le tendré aprecio y además algunos los conservo como clientes.

Intenté la misma estrategia para pagar otras tarjetas de crédito, pero sus pretensiones eran ventajosas, ridículas y ofensivas, por lo que a los otros bancos les pagué poco a poco, con vulgar dinero en vez de arte.

Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@pvnet.com.mx

Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.


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