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ART & CULTURE

          
 
PERIPECIAS DE UN PINTOR©


Riqueza Verdadera
Por Federico León de la Vega - Julio 2006 - Read in English

Escribo este capítulo el día del padre del 2006 y lo dedico a mis hijos Federico, Santiago y Alvaro. Ellos son hombres independientes ya, puesto que los tuve cuando era yo muy joven y les tocó vivir mi transición de hombre de negocios a pintor, con todas sus consecuencias. Mi esperanza es que luchen por hacer lo que en verdad les guste y por vivir con calidad, sin dejarse deslumbrar por apariencias de riqueza. Hay quien tiene sus cuentas bancarias muy llenas a cambio de llevar una vida muy vacía. Me pregunto si se puede llamar exitoso al ejecutivo en el ascenso a la cima de su compañía pierde todo lo demás, o al millonario que ha sacrificado su honor y amistades para vivir preocupado por un dinero que no puede gozar en paz. No pretendo aquí decir que todos los pintores son felices, ni recomiendo a la pintura como modo de vida. Solo creo que en nuestro corazón de corazones todos tenemos sueños cuya realización está al alcance a cambio de paciencia y sacrificio; a veces tardamos en darnos cuenta de cuál es en verdad el camino que nos llena y luego, por inercia o temor nunca nos decidimos a tomarlo.

A Federico mi hijo mayor, le tocó vivir las grandes dificultades que pasé para pagar sus últimas colegiaturas de la universidad Jesuita en la que estudió leyes, y cómo solucioné el problema haciendo trueque por una pintura que ahora cuelga de la pared de la rectoría. Del mismo modo tuve que completar  para su primer automóvil con una pintura. Pasamos, de ser más o menos afluentes a ser, no pobres, pero sí limitados. Y digo limitados porque el trueque presenta limitaciones que no tiene el dinero líquido: si su cartera contiene billetes usted los entrega y ya, no hay que hablar más, ni hacer aclaraciones o estimados de valor. No así cuando se trata de cambiar una pintura; en ese caso hay primero que buscar a la persona indicada, puesto que no todas valoran el arte ni tienen facultad de decisión para adquirirlo. Usted no puede llegar con la señorita vendedora de la tienda a cambiar un cuadro por otro artículo; tendrá que hablar con el dueño del establecimiento y esperar a ver si la obra que propone es de su agrado, si le reconoce un valor. En el caso de una colegiatura tendrá que hablar con el rector. Y no se trata de que tengan o capacidad económica o no para darse un lujo, sino más bien se trata de un asunto de buena crianza, de sensibilidad al arte y de valores. En un mundo donde los narcos o lo ladrones son lo más ricos, el dinero tiene ya poco que ver con la cultura o el buen gusto, sin embargo hay gente sensible para la que dinero o no, el arte es una deliciosa necesidad y los trueques son una oportunidad.  

El barrio en el que mis hijos y yo vivíamos en la Ciudad de México era de gente culta, aunque no necesariamente rica. Esto lo confirmé un domingo de principios de Semana Santa en que deseábamos salir de vacaciones y para conseguir suficiente dinero envié a dos de ellos (entonces tendrían unos 7 y 10 años) a la iglesia de Guadalupe, a una cuadra de donde vivíamos en la colonia Guadalupe Inn, con una de mis pinturas. Se trataba de una marina en que las olas corrían  hacia la playa, es decir como vistas desde un avión que volando bajo se acerca a tierra (en un vuelo a Ixtapa ví una escena así y dibujé un apunte del que salió luego un óleo que me gustó mucho). Les dí instrucciones de ponerse a la salida de misa de 10 y poner el cuadro en mi caballete a modo que la gente saliendo lo viera. Se trataba en realidad de un acto de fé y de muchas ganas de salir de vacaciones. Ahora que lo pienso las probabilidades eran en realidad pocas, porque el precio que pedíamos no era de regalo ¡pero se vendió!  Una pareja de edad avanzada a la que yo nunca ví compró el cuadro...y nos fuimos de vacaciones. En cada capítulo de este libro, que escribo mes a mes en este periódico PVMirror  he ido acompañando una foto de la pintura a la que el texto hace referencia, sin embargo esta vez no me será posible, pues no conservo foto alguna de aquella marina; por las prisas de salir de vacaciones no hubo tiempo de tomarla, así que ofrezco al lector otra  marina, más reciente y aún a la venta.

Recuerdo que hubo una época cuando temía yo reconocer mi vocación de pintor. Fantasmas de hambre y tristes atelieres en buhardillas daban vueltas en mi cabeza. Al hablar con cada posible comprador de mi obra, me daba por aclarar que la pintura no era mi única capacidad o actividad profesional. Sentía necesario que supiesen de mis estudios superiores, o de que tenía negocio propio y ganaba yo bien, que la pintura era un hobby afortunado. Me parecía necesario demostrar que en realidad no era yo un pobre pintorcito  en apuros económicos. También me remordía la conciencia no encontrar la motivación para dar más impulso al negocio de seguros de mi padre y me preocupaba qué sería de mis hijos con un padre pintor. Sucedía a la vez que en las comidas de negocios había que mantener poses que a mí ya me tenían cansado (y pienso que finalmente a mi padre le llegaron a cansar también). Había que pretender que los señores junto a los que yo comía eran todos agradables -algunos en realidad lo eran; gente buena y trabajadora que cumplía con una obligación de entretener al cliente y a su agente, procurando un ambiente de cordialidad en que las negociaciones de primas de seguros o para que el pago de siniestros se vieran favorecidas. El problema era que nunca faltaba un pesado administrador de alguna compañía que en el fondo quería favorecer a algún cuñado dándole el negocio aunque sin esfuerzo profesional, o el gerente de ventas de la aseguradora que añoraba la posibilidad de tratar directamente con el asegurado, robándonos al cliente para no tener que pagarnos comisión, o el cliente que mentía para que le pagaran lo que no era pagable, o el alcohólico que a sabiendas que la compañía pagada la cuenta seguía sentado, pidiendo bebidas dos horas después que todos habíamos terminado el postre, el café, el puro y todas las negociaciones. Fueron demasiadas comidas largas, con la corbata apretándome el cuello mientras todos sonreíamos. Quizás lo más desagradable era la cobranza de primas. Siendo un servicio cuyo beneficio se recibe solo en caso de algún acontecimiento negativo (accidente, incendio, muerte), los seguros son difíciles de cobrar. Yo era bueno en eso, pero no me agradaba. Había que hablar, que sonreír, que insistir demasiado. En ocasiones nuestro cobrador daba varias vueltas antes de conseguir el pago de una simple póliza. Con la pintura es diferente: o  gusta o no; no se requiere hablar tanto, solo verla. Cuando es buena habla por sí sola y el cliente va feliz a colgarla en una pared de su casa, a presumirla a los amigos. Esto con los años va dando al pintor un prestigio, una especie aureola mística, que nunca conocí como asegurador. Estoy muy agradecido a los seguros por los beneficios económicos recibidos, por algunos verdaderos amigos que hice en el medio asegurador (un saludo aquí a Juan Segura Warnholtz), por las convenciones divertidas, por clientes  como General Motors, que me permitieron conocer la riqueza que aunque estresante, sacrificada, esclavizante, pagó muchas, muchas cuentas. Hoy conozco otro tipo de riqueza mejor y es la que aquí trato de describir.

Todos hablamos de que la verdadera riqueza no es necesariamente el dinero, pero pocos  llegamos a vivirlo en la práctica... porque no es fácil. No es fácil renunciar a un empleo que paga las cuentas, aunque resulte aborrecible el tiempo que se pasa en él. No es fácil dejar el caos de la gran ciudad, porque pese a la violencia, la contaminación y el enervante congestionamiento existe la esperanza de que el dinero  compense el sacrificio, o al menos que permita vivir en aislamiento protector, con rejas y cámaras de circuito cerrado que cuiden nuestros pequeños jardines, de los que rara vez podemos disfrutar por estar atados al escritorio, al teléfono o al auto.  Absortas en algún anuncio comercial, las gentes experimentan instantes de fantasía y por segundos viven su ilusión verdadera. Se imaginan viviendo en un lugar tranquilo, o trabajando en otra cosa que verdaderamente se enorgullezcan en hacer. La canción Piano Man de Billy Joel lo expresa bien ("...but there's  somewhere I'd rather be").  Si se decide a dejar  atrás el empleo o la gran ciudad o cualquier atadura, se corre el riesgo de que las cosas no resulten como uno pensaba, que los planes no resulten bien.

Muchas veces, cuando nos sentábamos a la mesa mis hijos y yo, fantaseaba yo señalando "detrás de ésa pared está la playa" y reíamos. En realidad, detrás aquella pared del comedor estaba la calle de Juventino Rosas, cada vez más transitada. "Algún día viviremos junto al mar..." comentábamos con ilusión.  Mi sueño de cambiar aquella realidad citadina nos llevó por muchos caminos inciertos; hubo varios intentos, entre otros hubo un Rancho en Chiapas que tal vez describiré en otro capítulo. Un día, después de tantos años de advertir que lo haría, vendí mi casa y todas mis cosas y salí de mi querida Ciudad de México hacia un lugar junto al mar. Mis tres hijos mayores ya eran adultos, por lo que solo pude invitarlos a venir, sin obligarlos. Comenzamos por vivir en San Diego. Ahí me visitaron; Santiago llegó a tener un empleo y vivir con nosotros por algún tiempo, pero en realidad no había convencimiento de quedarse, ni siquiera para mí. Aquello, además de ser un país extranjero, era tan caótico como el lugar de donde veníamos: la misma congestión, contaminación y tensión. Así que de San Diego bajamos por la costa, conociendo Puerto Peñasco, Guaymas, San Carlos,  hasta que llegamos a Chapala, junto al lago y muy cerca de Guadalajara. También ahí nos visitaron mis hijos mayores y contemplaron la posibilidad de quedarse. En Chapala oí buenas cosas de Vallarta y decidimos probar. Algo que no he mencionado es que todo ese año que pasamos viajando y conociendo lugares yo seguí pintando a donde llegaba, pero no me mantenía estrictamente de la pintura sino que me ayudaba del dinero de la venta de mi casa y posesiones. El dinero, bien invertido, hubiera alcanzado para vivir modestamente sin verme forzado a malbaratar ninguno de mis cuadros. El problema es que los pintores por lo general no somos inversionistas. Teniendo el dinero en banco a tasas conservadoras era suficiente, pero un amigo me enseño a invertir en la bolsa de valores a través de internet. Al principio invertí solo el 10% de mi capital. Con lo buenos resultados decidí luego invertir el 15% y este se multiplicó con ganancias de un 70% ¡tan solo en meses!. El resultado de esto fué una franca confusión y un desvío más en mi vocación: dejé de ser pintor para volverme inversionista. Durante más de un año me levanté para ver la apertura del mercado y vigilar sus movimientos todo el día. Leí todo tipo de libros sobre técnicas de proyección para anticipar los movimientos de las acciones bolsa, aprendí técnicas, tomé cursos caros, compré programas. Mi vida dependía del Nasdaq. Al final perdí todo. De modo que a los 49 años y sin dinero no tuve más remedio que quedarme fijo en Puerto Vallarta, por no tener modo de viajar más allá.

Por primera vez fui francamente pobre. Experimenté carencias y angustias que no había conocido. Me alegré entonces de que ninguno de mis hijos mayores me hubiese seguido. Lamenté tener una hija de dos años y una esposa joven que dependían de mí y confiaban en mi sustento pues me sentía totalmente derrotado, viejo y cansado. No he querido acortar todo lo sucedido, ni extenderme demasiado en este capítulo, de modo que con la aprobación del editor, terminaré este relato en el próximo número.

Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com

Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.

El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.

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