Riquezas Verdaderas - Segunda Parte
Por Federico León de la Vega - Agosto 2006 - Read in English
Con ansiedad veía los resultados de cada jornada de la bolsa. Consulté con un experto. Analizando mi portafolio me aconsejó vender todo cuanto antes. ―¿Como voy a vender a 5 dólares acciones que compré a 25?― le protesté. ―En una semana valdrán 50 centavos― me respondió. Una vez perdida toda esperanza de recuperación de mi capital, resignadamente pero con rapidez vendí todas las acciones que me quedaban. El dinero restante difícilmente alcanzaba para vivir unos meses.

Recuerdo que por aquellos días pasó por mis manos una revista Newsweek, donde dos caricaturas ilustraban la situación general de los inversionistas retirados. En una ilustración aparecía una vieja canosa en patines de ruedas entregando hamburguesas, en la otra un viejo ochentón vestido de salvavidas en la playa ordenándoles a todos regresar al trabajo ¡se habían acabado las vacaciones! ―admiro como virtud de los norteamericanos la habilidad de criticarse a sí mismos―. En ese mismo instante decidí no deprimirme, sino al contrario, reír y comenzar de nuevo. No tenía otra alternativa: no podía fallarle a mi familia, a mis hijos, a mi hijita de dos años, a mí mismo. Luli y yo de inmediato redujimos nuestros gastos y nos esforzamos por generar entradas. Mi cuñada Lupita, que nos había acompañado a Puerto Vallarta para ayudarnos con la mudanza, decidió interrumpir sus estudios en la universidad y unirse a nuestro equipo a pesar de la situación. Durante varios meses ella y mi esposa administraron la operación de un camión materialista que inicialmente compramos para ahorrar cuando construyéramos un pequeño coto de casas (ahora no alcanzaba ni para la casa nuestra). Entregábamos grava, piedra y arena a los constructores de Vallarta. No era el negocio ideal para ninguno de nosotros, pero debido al gran crecimiento de la zona, producía dinero que necesitábamos.
Nadie me conocía como pintor en Vallarta, sin embargo diariamente mostraba mi álbum con fotos a cuanto arquitecto y diseñador encontraba, por toda la Bahía de Banderas. John Youden, editor de la Revista Vallarta Lifestyles me tendió la mano regalándome anuncios de mi estudio ―que entonces consistía solo en una foto de las "Peras Intimas" y los números telefónicos donde los clientes podían llamarme―. Juan Collignon me recomendó con algunas gentes interesantes y la diseñadora Adriana Gangoitti fue la primera en hacerme un encargo.
Lupe Wulff, cuya familia siempre fué amable y ayudadora, me llamó para hacerme un ofrecimiento que no pude rechazar: había que producir 100 pinturas para los departamentos de "El Anclote" que su padre, Don Guillermo Wulff estaba terminando. Dijo solo contar con $10,000 dólares. Es decir, $100 dólares por pintura. Nunca, ni siquiera al comenzar mis andanzas de pintor, había vendido tan barato. Como buena negociante, Lupe traía la mitad del dinero listo para entregar. Era justamente lo que nos hacía falta para completar el precio del terreno que estábamos por comprar en Nuevo Vallarta, donde ahora se encuentra nuestro Estudio-Café, de modo que le dije que sí. La única condición fué que no firmaría estos cuadros. Lupe aceptó de buena gana. Conseguí una bodega donde pinté, de diez en diez y de rodillas, los lienzos de 75 x 100cm de manta. Yo mismo preparé las telas con primario, luego les dí una primera capa de acrílico y uno a uno les fui poniendo temas diversos: caracoles y bichos de mar, veleros, paisajes. En un principio intenté hacerlos en serie de modo rápido y despreocupado... pero me fué imposible. Cada cuadro me capturaba y, aún en contra de mi voluntad y la prisa por terminar, me exigía todo lo que yo pudiera dar en esas circunstancias. Aquí me dí cuenta una vez más de que lo mío era pintar. Terminé los cuadros, Lupe me pagó puntual, vendimos el camión. Sin embargo, descomposturas, gastos y problemas inesperados redujeron nuestros ahorros. Mi hermano Gerardo, que ha sido siempre un buen hermano nos hizo un préstamo para completar y con gran entusiasmo finalmente tuvimos el terreno.
Dos años más tarde, en una visita a John Youden y su esposa Florence, ví un cuadro que me llamó la atención. Se trataba de una escena de desierto que me pareció original y bien lograda, a pesar de que los materiales parecían corrientes. Se lo elogié ―Creo que es tuyo― me dijo... y sí, recordé entonces que los cuadros que pinté para El Anclote; John había vendido su departamento ahí, pero se había llevado el cuadro, lo cual me halagó. Otro día, una señora norteamericana de El Anclote llegó a mi estudio a pedirme que por favor firmara un cuadro que ella sabía era mío. Como el cuadro no me pareció mal, lo firmé. El hecho de que estuviera dispuesta a pagar por mi firma me hizo sentir orgulloso, aunque desde luego rechacé el pago.
Contábamos ya con un buen terreno y yo tenía una idea muy clara de qué hacer con él, pero nos habíamos quedado sin dinero para construir. Comentando mi situación con un amigo me hizo ver una realidad que yo no había contemplado hasta entonces"... mis abuelos, y tal vez los tuyos también, llegaron a México en barco, con muy poco capital. Tan pronto pudieron se hicieron de un terreno y desde la primera noche vivieron en él. Te estorba tu mentalidad de citadino comodino". Supe también de otras gentes respetables, la mamá de Maripepa González entre ellas., que habían pasado incomodidades para lograr su sueño Vallartense. De modo que comenzamos a construir sin más dinero que para pagar albañiles y materiales por unas cuantas semanas. Lo demás lo tendríamos que producir al paso que se requiriera, y así lo hice.
Me valí de cuanta estrategia pude para promover las ventas de mi obra. En una ocasión hice una "subasta invisible". Es decir, dirigí una invitación a todos lo que conocían mi obra y su valor y les ofrecí pinturas a mitad de precio con tal que me hicieran un pago en efectivo y por anticipado y esperaran con paciencia a que el cuadro apareciera (yo tenía aún que pintarlo). Sorprendido, reuní una cantidad respetable de dinero que mantuvo la construcción en marcha durante un buen tiempo. Debo de decir que la gente de Vallarta fué muy generosa. Tanto Mexicanos como Norteamericanos respondieron a mis propuestas. El problema fué que producir tantos cuadros me tomó más de un año. Varias veces se nos acabó el dinero, pero siempre se me ocurría algo nuevo o venía algún golpe de suerte.
Continuará el mes próximo…
Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com
Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.
El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.
Archives by date |