Las Flores de mi Casa
Por Federico León de la Vega - Abril 2007
En mi casa siempre hay flores frescas. Mi esposa compra rosas, gladiolas, lilis, y casi siempre son de color blanco o rojo. “El rojo es para las ventas” dice ella. No tengo seguridad de que sea cierto que las gladiolas rojas atraigan a los clientes de mis pinturas; a lo mejor sí, pues gracias a Dios -más que a las gladiolas- no han faltado. Sea cierto o no, es bueno tener una esposa optimista y las flores frescas son muy agradables. Además de ser símbolo de la presencia de una mujer, las flores dan vida a los lugares. Hasta ahora había yo pintado escasos cuadros de flores. Evitaba el tema, quizá por ser tan trillado y yo, tan ávido de pintar algo original, las consideraba un tema común y demasiado visto.
Sin embargo, he venido pensando que entre esos temas comunes están los que más admiro y amo: las mujeres, los paisajes, las frutas, las sillas y las olas del mar. Lejos de verlas comunes, pienso ahora que debo dar gracias a Dios por tenerlas tan a la mano.

Resulta que el otro día me encontré con un ramo de rosas blancas en la entrada a mi Estudio-Café, de ésas con un tono ligeramente verdoso muy resplandeciente. La luz del sol les pegaba por un costado y se encendían todas, haciendo contraste contra un fondo oscuro. Me decidí a pintarlas en un lienzo de 50 x 70cm, horizontal. Pinté la docena completa. Unas 5 horas mas tarde me detuve. Resultó bien, pero lo dejé sin terminar, porque no era precisamente lo que yo esperaba. Comencé entonces otro lienzo de 75 x 100cm y ya no avancé mucho ese día pues estaba algo cansado. Al día siguiente, viendo que las rosas estaban ya muy abiertas, me apresuré a continuar con el segundo cuadro. De nuevo pinté la docena completa. Otras cuantas horas después, ya a punto de terminar, entendí que tampoco era esto lo que yo quería, así que también este cuadro lo dejé inconcluso. Comencé de inmediato a pintar un cuadro de 180 x 200cm, pero fué inútil. Las rosas expiraban. Pasaban a ser de esas que aunque bellas, ya están hinchadas y apunto de perder los pétalos, inclinadas hacia abajo, como de ánimo caído.
Pedí a Luli me comprara otro ramo igual, que llegó esa misma tarde. Me apresuré a trazar mi composición. A pesar de lo grande del formato, puse solo seis rosas, todas muy frescas, con los botones apenas abriendo. Hasta entonces comprendí que lo que trataba yo de expresar era esa sensación que dan los botones llenos de vida y juventud, apuntando para arriba. Cuando se acerca uno a oler su perfume como que se nos vienen a los ojos, chocan con nuestro rostro cubriendo el panorama. Así, los botones que en realidad miden unos pocos centímetros, en mi pintura de gran formato acabaron midiendo unos 40cm de largo, quizá más. No pude entonces ya parar. Pinté de continuo más de seis horas -los ojos ya no me dan para pintar de noche, o me hubiera seguido. A la mañana siguiente me levanté ansioso de continuar y pinté otras 7 horas. Cuando pinto así, inspirado, me olvido del hambre y de todas las necesidades físicas. También al tercer día pinté mucho. Luego ví los resultados y me entusiasmé aún más. Hube de esperar un poco a que secara para dar toques finales. Siempre resultan mejoras significativas cuando contemplo la obra unos días, madurándola. Después, una vez firmada, llevé la pintura a la galería de Thierry Blouet. La colgamos y lució espléndida. Tres días después se vendió. Una señora de Nueva York pagó sin chistar.
Es curioso como cuando las cosas van bien, van cada vez mejor. El proceso me hizo pensar lo bueno que es madurar las ideas, insistiendo en lo deseado originalmente, sin importar cuantas veces haya que intentarlo, rechazando el conformismo.
Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@prodigy.net.mx
Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.
El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.
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