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ART & CULTURE

          
 
PERIPECIAS DE UN PINTOR©

De Viejos Amores
Por Federico León de la Vega - Agosto 2007

Dedico este relato al amigo Paolo. Un hombre diligente, conciliador, diplomático, romántico y romano.

Cuando yo tenía 20 años  cursaba el segundo año de carrera en la Universidad Iberoamericana, conducía un auto azul eléctrico que pretendía a ser deportivo y me paseaba por las amplias avenidas de mi entonces muy amada Ciudad de México. Insurgentes, San Angel, Coyoacán, Guadalupe Inn eran mis lares. A través del quemacocos podía ver pasar los gigantescos fresnos en Francisco Sosa  y muchas calles arboladas. Eran años en que Carlos Fuentes todavía podría llamar a aquella "La Regíon más Transaparente" y  no era problema serio el smog.

Entre las alumnas de nuevo ingreso conocí a una rubia ojiazul con carita de ángel, en la que rápidamente me interesé: Cristina, se llamaba. Con la urgencia de mi edad, le pedí una cita y me la concedió. Armado con mi nave azul, mi mejor ropa, loción English Leather y presupuesto estudiantil toqué un anochecer a la puerta de su casa en Avenida de las Águilas. Al poco apareció una sirvienta uniformada, sonriente, y me invitó a pasar. "La señorita le espera en la biblioteca, yo lo llevo" dijo, y la seguí por un largo corredor que llevaba a un mundo mágico. No era raro que las casas en San Angel y Coyoacán tuviesen bibliotecas. Después de todo, aún hoy en día se concentra en esa zona una gran parte de la cultura académica de México, sin embargo, esto era especial. El corredor tenía poca luz y pasaba a través de una gran casa, y a los lados, en la penumbra, se podía espiar algo de su moderna elegancia. Recuerdo a la derecha haber visto un poco de la sala, y a la izquierda una capilla; finalmente el pasillo desembocó en un amplio jardín lleno de altos árboles entre los que serpenteaba un caminito ¡Bueno! De entre la vegetación de pronto aparecieron esculturas ¡eran bronces de Henry Moore!... y eran varias, quizá muchas. Me fui quedando boquiabierto mientras presentía que mi presupuesto estudiantil no fuese suficiente para esta cita (pero estaba yo equivocado, con Cristina no era preciso gastar, sino más bien pensar). Apareció luego la biblioteca: un cubo de vidrio de unos 10x10x10m con Cristina dentro. Ella, instalada en un tapanco de madera esculpía... y lo hacía bien, como que estaba muy avanzada en un torso masculino de gran musculatura. Recientemente había regresado de pasar una temporada en Italia y había tomado cursos en Florencia. Luego de admirar la obra en proceso y admitir que era francamente buena, nos sentamos a platicar. Cristina no respondía a nada sin antes mirarme fijamente a los ojos y pensar. Eran difícil echarle uno de esos rollos mareadores propios de muchacho  inexperto, porque luego había que responder a sus preguntas; había que hablar con verdad y con sustancia. Una hora después llegó la cena: quesadillas, jamón serrano, vino, todo en charolita de plata, con servilletas bordadas. La velada pasó agradable; no era lo que yo había esperado, pero en cambio resultó mágica de principio a fin. A la salida, en camino hacia el portón de su casa me mostró la capilla. Barroca, con un altar entablerado en hoja de oro ¡y los santos! En cada uno esculpido el rostro de un miembro de la familia. Luego al pasar por la cochera recordó el interés que yo había expresado por lo autos deportivos, así que,  levantando la lona que lo cubría, me mostró el juguete de su tío: un MG de los años 50s, todo auténtico e impecable, como salido de agencia. La carrocería en el verde inglés de la escudería Leyland y el interior en piel color miel.  Una vez en el portón, un beso en la mejilla... adiós.

Salí con Cristina por espacio de varios meses. Nunca llegamos a novios. Había algo o alguien ocupando su corazón. Su mirada tenía algo de nostálgico. Lo que sí, nos divertimos mucho, principalmente en exposiciones y actividades culturales. Al terminar la carrera la dejé de ver.

Pasaron los años y yo dejé la Ciudad de México. Sin embargo, con frecuencia había de regresar  a visitar familiares o arreglar asuntos. En una de tantas visitas, al pasar por Avenida de las Águilas me asaltó el deja vu. Dí  reversa y estacioné mi auto frente a un portón que me pareció familiar. No...no era...¿o sí? El portón parecía el mismo, pero la barda había desaparecido. Volví al auto y antes de subir me quedé contemplando...¿podría ser?  Me animé a tocar a la puerta. Sin respuesta. Insistí. Finalmente, muy poco a poco, asomó la cara una mujer despeinada y nada limpia. Pregunté por Cristina y la mujer, alentada por la confianza, terminó de abrir la puerta. El terreno no era el mismo. Ahora era pequeño, lleno de escombros. De una casucha de cartón salieron unos niños mocosos y unos cerdos...y detrás al fondo, asomaban unas esculturas muy altas, apiladas unas sobre otras.  Me explicó la mujer que la casa se había vendido en partes, primero un terreno luego otro y así...hasta acabar en  esto; que Cristina vivía ahora muy cerca, en compañía de su abuela.

Llamé al nuevo domicilio de Cristina y la encontré. Su nueva casa era pequeña, pero en una buena zona, y estaba aún en construcción. Saludé a la abuela, a quien había conocido hace muchos  años, una gran dama. Ahora estaba confinada a su habitación y con dificultad se levantaba.  Ahí en la habitación, con la abuela, me platicó Cristina de su vida. Resultó que tras una visita que realizara  el entonces presidente de la república, al rancho que tenía su familia en Tabasco, se había prendado de la propiedad. Su familia se negó a venderlo. El político, encaprichándose en forzar la venta del rancho comenzó una lucha de poderes y orgullos que había terminado mal, muy mal para Cristina y los suyos. Ahora era ella sola, con  la abuela.  Platiqué lo mío. Ahora era yo casado y vivía lejos. En la puerta, un beso en la mejilla y adiós.

Volví a pasar por el rumbo cuando se estaba construyendo el segundo piso del periférico. Encontré San Angel lleno de graffiti, las casas elegantes ensombrecidas por la inmensa mole que ahora pasa sobre ellas, muchas en venta. El restaurante San Angel Inn, otrora casco de hacienda y Puerto Vallarta Painter Adventuressímbolo de elegancia mexicana, venido a menos. Avenida de la Paz ya no tiene la Tasca Manolo, pero está llena de cafés de chinos y bares mediocres, hay ruido, basura y anuncios por todos lados. En Insurgentes Sur cortaron los gigantescos fresnos para poner el parabús y así, la avenida amplia por la que gozaba yo de caminar, o de ver muchachas desde la silla alta del bolero que aseaba mis zapatos, quedó estrecha y grotesca. Esto apresuró mi decisión de no volver a mi ciudad natal si podía evitarlo. Tampoco pude volver a ver a Cristina.  Me pregunto ¿irá a pasar lo mismo con Vallarta?

Hay que ver lo que ha pasado en el Molino de Agua...

En fin: Cristina Rodríguez, si llegas a leer esto o alguien te lo platica, por favor escríbeme un correo electrónico. Ojala hayas encontrado refugio solaz  para tu talento, buen gusto y  refinamiento, un lugar donde esculpir en paz y pensar. Te invitaría a Vallarta, pero ya no es lo de antes.

Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com

 

Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.

El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.

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