Urgencias
Por Federico León de la Vega - Noviembre 2007

Entre los humildes privilegios de los artistas pintores se encuentra la de un horario totalmente flexible. Aunque uno tiene que trabajar duro, no es como en la profesión médica; los doctores tienen que montar guardias y llevar teléfonos celulares, en caso de alguna urgencia. Frecuentemente les hacen llamadas a media noche. Tampoco estamos sujetos a los rígidos programas de producción y ventas de altos ejecutivos, aunque la verdad es que admiramos la disciplina y eficiencia de otras profesiones, los artistas en general disfrutamos de una laxitud en nuestras formas y de una concentración mental un tanto desperdigada. Dependemos de las musas y otros factores de inspiración que no siempre están a nuestras órdenes. A pesar de que en la actualidad muchos hacemos uso de alta tecnología, si ésta conviene –especialmente para comunicarnos con clientes y enviar fotos de nuestra obra- la verdad es que podríamos realizar nuestro trabajos con los mismos instrumentos (pinceles y pintura) que Miguel Angel o Da Vinci usaron hace cientos de años. Sin embargo, aunque seamos indiferentes al avance tecnológico, nuestros modelos son efímeros y cambian con el tiempo. Cuando pintamos al aire libre, estamos presionados por el movimiento del sol. Si pintamos una modelo en vivo, la fatiga finalmente vence cualquier pose. En el caso de las flores, se comienzan a marchitar muy pronto. Tomar una fotografía puede resultar de gran ayuda, pero no logrará reproducir la inspiración del momento, ni tampoco la estereo-visión que se logra a través de los dos ojos en vez del lente de la cámara. Las notas escritas pueden complementar un buen boceto, expresando sensaciones y sentimientos, así como colores y valores de la luz sobre los objetos a pintar.
Hubo una memorable ocasión en la que atendí a una pintura casi del modo que un médico hubiera atendido una urgencia. Resulta que unos amigos me hicieron el encargo de un óleo de gran formato. Se trataba de una pieza para su comedor y a ella le hacía ilusión que el tema fuera de flores; no quería lirios, ni rosas, ni orquídeas como las que yo ya había pintado. ¡Quería amapolas! …y es que esta flor, que tiene una hermosura sencilla, ha inspirado esa canción infantil que dice “amapola, amapola, amapolita” y de la que salió de “Poli” con que es conocida mi amiga y clienta.
Obviamente, el proyecto de pintura se complicó un poco, especialmente porque no sabía yo exactamente como eran en realidad estas flores, ahora tan perseguidas y prohibidas. La perseverancia y la constancia son virtudes de mis amigos de esta historia, de modo que me pidieron que no me afligiera demasiado por el tiempo, que vendría el momento que algunas amapolas aparecieran espontáneamente en el campo y sería posible distinguirlas desde la carretera. Así resultó que una noche atendí esta urgencia: estando yo en pijama de rayitas, muy acurrucado con la familia después de cenar, alguien llamó con decisión a la puerta de mi casa. Esto es raro, porque mi barrio es silencioso después de las 9 y poca gente se atreve a dar los golpes que se escucharon sobre la aldaba. Extrañado, acudí con prontitud a abrir y ahí estaban todos: la familia completa de mis amigos, uno de sus hijos portando un ramillete de flores rojas en mano. Tardé en comprender la simpática escena, pero ellos me explicaron: “veníamos de Guadalajara ¡y las vimos! así que nos apresuramos a cortarlas, nos da pena molestarte a esta hora, pero es que se están marchitando muy rápido.” ¿Qué podía yo hacer? Dí las buenas noches a la familia y, haciendo a un lado mi escrupulosa conciencia de pintor en cuanto a lo que horarios se refiere, eché desde luego manos a la obra. A eso de las once, tenía ya hecho un buen boceto a lápiz. Para entonces, el ángulo del cáliz de casi todas había perdido vigor. Ya no apuntan los pistilos hacia el cielo, sino más bien al horizonte. Es curioso como unos cuantos grados influyen en lo que percibimos como ánimo de las cosas. Cuando somos jóvenes y vigorosos, caminamos con los hombros erguidos y con la cabeza en alto, pero al volvernos ancianos se dobla nuestra espina y tenemos que inclinar el rostro. Yo no quería expresar un sentimiento de melancolía o vejez en la pintura que haría para mis amigos, de modo que continué haciendo apuntes y anotaciones hasta poco antes del amanecer. Escribí respecto a los pétalos y las hojas, y estuve atento a los sutiles cambios de color. Cuando estuve satisfecho, con la imagen y descripción de mis pacientes, las amapolas, me fui a dormir un rato. A eso de las diez bajé a desayunar, no sin antes ir a ver las florecitas: ya eran otras. Más que flores eran ya un manojo de hierba.
Deseoso de hacer un buen trabajo, saqué el lienzo de unos tres metros de largo que ya tenía restirado sobre un bastidor de madera y con mis recuerdos todavía frescos, auxiliados de apuntes, comencé el proceso de poner sobre tela la idea que había aparecido en mi mente la noche anterior. Pasaron varios días. No me animé a tirar las flores hasta terminar, quizá pensando que algo más podría aprender de verlas. No pude evitar pensar en las drogas que se obtienen de estas flores, ni en los que las venden, obteniendo pronto grandes fortunas…y entonces recordé esto que había leído en mi Biblia: “…ni tengas envidia de los que hacen iniquidad, porque como la hierba serán presto cortados, y decaerán como verdor de renuevo” (Salmo 37:2). Para mis amigos y para mí las flores de amapola han dado un buen fruto: lo podrán ver en la foto que acompaño. Espero que les guste.
Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com
Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.
El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.
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