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ART & CULTURE

          
 
PERIPECIAS DE UN PINTOR©

Envejecer
Por Federico León de la Vega - Diciembre 2007

Una pareja de retirados acudió a mi Estudio-café por estas fechas el año pasado. Se sentaron a la mesa junto al canal del chino, a mediodía y pidieron  hamburguesas. Como tantas parejas de edad, se disfrutaban el uno al otro mientras veían el paisaje y los veleros. Yo disfrutaba con verlos desde mi caballete, entre pincelada y pincelada los espiaba un poco. Pasaron horas comiendo y luego bebiendo café. Algo se veía que tramaban, pues de continuo intercambiaban pareceres, como si él tratara de convencerla de algo y ella se mostrara renuente, como haciéndose de rogar. Comenzó a atardecer y no se iban. Al pasar hacia la cocina para pedir algo de comer para mí mismo y me detuvieron a platicar. Me hicieron saber que ya conocían mi obra y me halagó su interés por entrar a ver qué tenía yo de nuevo.

Comí un tanto intrigado y luego pedí algo para beber con ellos. Tras charlar un rato los pasé a mi estudio para mostrarles la obra que tenía expuesta y algunas fotos de encargos pasados. Finalmente sentados en mi sala, en una escena que hubiera dado la impresión de una proposición de matrimonio o al menos de romance, el señor dijo que el verdadero motivo de la visita a mi estudio era  hacerme el encargo de un retrato de la señora. Ella, que era muy guapa aún en su tercera edad, inclinó el rostro y ¡se sonrojó cual quinceañera! Me sentí privilegiado de participar en este acto formal de ser contratado para pintar el retrato de la mujer de un  enamorado, porque esto es lo que este gran viejo es: un gran enamorado, que disfruta de pasar largos ratos con su mujer, compartiendo con ella y contemplándola.

El señor aceptó en seguida mi precio y la señora accedió posar para mí tres sesiones de dos horas cada una. Recibí un anticipo y acordamos que el lugar de trabajo fuera su casa. De modo que cada jueves durante las tres semanas siguientes, acudí al domicilio de la pareja con mi caballete y mis pinturas. Yo pintaba mientras ella se sentaba cómoda en un sillón junto a una ventana, mirando al mar.  Escogió para posar una camisa de mezclilla, de esas que tienen botoncitos aperlados, los cuales abotonó hasta arriba. Las horas pasaban agradables, con minutos largos, algunos pocos dedicados a conversar. Esa intimidad que el pintor logra con el objeto de su arte es algo que me gustaría mucho poder compartir con los lectores, si tan solo pudiera describirla bien. Mis colegas pintores seguro me entenderán: no creo que exista otra manera de observar y conocer tan profundamente las cosas como al pintarlas. Si bien es cierto que la fotografía es más exacta que cualquier pintura, el hecho de dedicar tanto tiempo y esfuerzo a capturar la esencia de lo que se observa (y no solo sus líneas, luces y sombras) nos permite conocer algo de su espíritu. En el caso de una mujer bella este proceso resulta exquisito para el pintor porque puede uno realizarlo deteniéndose a su antojo; esto es, si se va logrando con éxito el propósito del retrato en cuanto a que ha de lograrse un gran parecido con la persona que se pinta. He de confesar que la primera sesión fue un tanto frustrante en cuanto a resultados. Pude apreciar tanto amor y admiración en la pareja, que me sentía comprometido a presentarla a ella como la más bella. Sin embargo, ya pasados los 60, todos tenemos rasgos que esconder. Mi problema era representar con fidelidad a esta bella mujer sin disimular su  edad pero, por supuesto, debía hacerlo de la manera más delicada posible, sin dejar de ser auténtico.

En mi estudio hice varios ensayos, la mayoría frustrantes. Mi hija de 7 años decidió ayudarme y ella realizó también varias versiones propias del retrato de esta señora. En un descanso, me puse a pensar que no había prisa, que todo era un proceso en el que había que gozar cada paso; si fuera fácil pintar retratos nadie los pagaría tan bien. Pensé en cada cosa que logramos en la vida. Las cosas que valen la pena toman tiempo. En mi Biblia encontré un versículo muy a propósito: “…el ave   se apresura al lazo , Y no sabe que es contra su vida ,” Proverbios 7:23

Cuando llegué a la última sesión de pose, ya estaba yo bastante identificado con el rostro de mi modelo. Además, a través de nuestras pláticas había yo llegado a conocer parte de su vida, de las batallas que había enfrentado, de sus gozos y desgracias, y de los hechos que formaron sus líneas de expresión. Mi esposa, que es bastante mas joven que yo,  me cuida las arrugas con cremitas que a mí nunca se me hubiera ocurrido comprar; yo le hago caso por quedar bien, porque me fascina que me chiqueen y porque la verdad, después de cierta edad, a todos nos gustaría vernos más jóvenes; pero a la vez que admito ser vanidoso, conozco que sí surge una belleza especial al envejecer.  Mientras pintaba este retrato, llegaba a comprender un poco más acerca de la belleza de lo viejo. Ya había yo meditado más sobre el tema con otras pinturas. En una ocasión pinté un cuadro titulado “Árbol Viejo” pensando en el dicho aquel de “Viejos los árboles y reverdecen”; representaba un árbol de primavera, con sus flores color amarillo brillante, retoñando una vez más entre sus retorcidas ramas, anunciando el final invierno. Cuando pienso en aquella pintura recuerdo esos versos de Antonio Machado, que luego cantó Serrat: “Al olmo centenario, en la colina, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido... Antes que te derribe olmo del Duero, con su hacha el leñador y el carpintero te convierta en melena de campana, lanza de jarro o yugo de carreta…antes que rojo en el hogar mañana ardas de alguna mísera caseta, olmo quiero anotar en mi cartera, la gracia de tu tallo blanquecino.”

Puerto Vallarta Painter Adventures

En fin, que a mi cita final  legué  yo ya más tranquilo y confiado en que  terminaría mi misión satisfactoriamente, sin temor a producir uno de esos retratos mediocres, en los que hay que explicar quién es el retratado –mi peor pesadilla de pintor es algún día verme en la vergonzosa obligación moral de regresar un depósito y confesarme incapaz de cumplir el encargo.  Me gocé por última vez en contemplar a mi gusto el hermoso rostro de esta mujer y me detuve con inevitable ternura en sus arruguitas. En el lienzo me permití difuminar algunas de ellas.  Al dar los últimos toques alrededor del cuello de la camisa de mezclilla, que ella siempre conservó cerrado, me tomé libertad artística y con esa facilidad que da el óleo de pintar sobre lo ya pintado dí un jalón decisivo al pincel hacia abajo. Quedó entonces ella representada en el lienzo, con la camisa abierta hasta la mitad del pecho. Perdón, pero no resistí –le explique luego. Al marido le encantó la pintura, sobretodo este último trazo que pinté por travesura.

No les ofrezco aquí reproducir el retrato de la guapa señora que pinté, porque no sé si ella aprobaría, siendo muy reservada. Lo que sí les ofrezco es el cuadro de “Árbol Viejo”,  óleo de 40x60cms que compró, de mis amigos, el más viejo.

Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com

 

Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.

El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.

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