Viajes al Espacio Sideral
Por Federico León de la Vega - Enero 2008
Estos viajes salen cada noche a eso de las once. Para realizarlos no se necesita mucha tecnología. Es cierto que cuento con un equipo de telecomunicaciones que considero bastante completo: un radio por satélite que pone al alcance de mis dedos más de 100 estaciones, con un control sintonizador por botones (como los de los radios de los autos) y otro control micro que permite perfeccionar la sintonización al máximo, aún en esas estaciones de AM que se encuentren muy lejos. Sin embargo nada de esto es indispensable, como tampoco lo son los conocimientos meramente básicos de física cuántica que recientemente he ido adquiriendo, en un deseo de superación. Ni es aún preciso realizar un largo entrenamiento, ni cumplir con requisitos muy estrictos de edad o salud. Lo que sí es que la práctica va dando útil experiencia, de modo que conviene tener a la mano una bitácora o diario para llevar anotaciones ordenadas. Es posible que con la edad los viajes que se realizan sean más cortos, pero de ninguna manera son menos interesantes ni limitados en cuanto a distancia. Un copiloto puede ser de gran ayuda, tanto para despegar con más facilidad como después, en los aterrizajes difíciles. Mi mujer es mi copiloto, y aunque con frecuencia se duerme en las salidas, al regreso a tierra siempre está ahí para recibirme con un abrazo y ayudar con todo el mantenimiento. Lo que sí creo definitivamente básico y muy recomendable tener como equipo es una buena nave, que en mi caso es una cama. kingsize con box-spring; otros elementos deseables son una oscuridad completa y silencio.

La buena música es muy conducente a viajes estables y profundos (con profundos quiero decir que se alcanza penetración mayor en el espacio sideral), siempre y cuando no se trate de música bélica - evite a toda costa la Obertura 1812 de Tchaikovsky: los cañonazos del final pueden darle guerra todo el día siguiente. Un jazz tranquilo proporciona combustible para pasajes románticos. Ahora que, si es usted de mi edad, los Beach Boys servirán para pasar por épocas de juventud. Yo me he propuesto firmemente, en alguno de mis viajes, conducir el auto de Ruta 66.
Puedo proporcionar a los interesados otros consejos: el té de tila hace viajes más largos y placenteros, mientras que cenar pesado y con carne roja o mariscos puede traer grandes trastornos a la navegación. Las experiencias que he tenido por excesos en la cena han sido terribles y en varias ocasiones he pasado peligros de muerte. Por ejemplo, la vez que cené unos camarones que no debieron estar nada frescos (a pesar de tratarse de un restaurante famoso), sufrí una transportación a un campo de batalla entre árabes beduinos. Haciendo lo que pude, valientemente me defendí, pero no teniendo habilidades marciales hube de retirarme; luego, en la huída, perdí mi cabalgadura y caí a tierra, donde fui fácil blanco de una cimitarra que me partió las entrañas –de verdad pensé morir asfixiado por mi almohada, pero al final me salvé, quedando convaleciente por varios días. En otra ocasión más reciente, me encontré haciendo un vertiginoso vuelo hacia San Sebastián; algo salió mal y al iniciar el aterrizaje forzoso en esa recta de la carretera a la altura de la Estancia, un enorme lienzo de plástico, de esos que usan los agricultores en sus invernaderos, volando con el viento fue a pegarse a mi parabrisas. Pasé varios larguísimos segundos esperando el estruendo del inevitable choque al no ver la pista. Por fortuna, mi copiloto tomó los controles y con destreza certera pudo volverme, jadeante, a la seguridad y calidez del tálamo.
Para asegurar un despegue puntual no hay nada mejor que una buena lectura. La Biblia, por ejemplo, produce un estado mental muy apropiado para todo lo que se emprenda y garantiza una segura travesía, sin sobresaltos (“En paz me acostaré y asimismo dormiré; porque solo tú Jehová me haces vivir confiado” Salmo 4:8). En casos de prurito anterior al vuelo, ayudan mucho unas gotas de trementina puestas en un algodón debajo de la almohada. Ahora que, si puede usted conseguir que alguien le de un buen masaje, pues mucho mejor. Al aterrizar no hay nada más peligroso que las alarmas de los radios o de los televisores conectados para iniciar el día con un noticiero. Tengo amigos a los que el médico les ha prohibido escuchar noticias, porque casi todas son malas; así la mente, que en el subconsciente no puede evitar sufrir con el dolor aunque sea ajeno, se estresa.
Tengo por ahora dos viajes memorables que contarles. Uno de ellos en que acudí a una cita en la Ciudad de Cuernavaca con mi madre, ya difunta, y otro en que fui invitado a comer en una carpintería de ángeles. Tengo registrados muchos otros en mi bitácora de viajes siderales, pero estos dos son los más maravillosos. Mi madre me esperaba a que la recogiera y yo llegué puntual, en un automóvil Chevelle 1982 color plata (el cual en efecto fué de mi propiedad en aquellos años). Ella iba guapísima, como de unos treinta años, con un vestido amplio, de manga corta, amarillo paja, de cinto ancho. Llevaba sus aretes y su collar de perlas, tan típicos. Paseamos muchas horas por las avenidas de la ciudad. Desde el auto, con las ventanas abiertas y despacio, vimos muchos jardines y gozamos del clima muy placentero. La brisa nos despeinaba un poco mientras nos volteábamos a ver seguido. Hablamos de cantidad de cosas. Gocé mientras recibía de nuevo sus antiguos consejos. Yo, a pesar de contar ya con 54 años, me los bebí todos como si fueran nuevos, ya que siempre me resultaron muy útiles. Al final nos estacionamos al frente de un edificio en el que tuve que hacer algún trámite... ¿quizá mi vuelo de regreso? Salí para permanecer en el auto algunos minutos más, despidiéndome. Hubo tiempo de hacer todo con calma, hasta de recibir un beso y la bendición. Me despedí renovándole mis promesas de niño sobre la honestidad y el esfuerzo en el trabajo. En cuanto al viaje a la carpintería de los ángeles, éste ha sido el más real y ni siquiera parecía un sueño. En la carpintería trabajaban en silencio unos seis o siete ángeles. Todos medían al menos 2.50 metros de alto y eran esbeltos, pero fuertes. Reinaba una sensación de enorme paz y creatividad. Pasé mucho tiempo ayudando o, más bien, viendo y deseando ayudar. La comunicación entre ellos era a un nivel superior, sin palabras. De algún modo me indicaron que era la hora de comer y que si lo deseaba podía quedarme. Yo acepté en seguida, porque nunca me había sentido tan a gusto. Así, uno de ellos limpió la mesa de virutas, mientras otros dos colocaron un mantel blanco. Yo ayudé a colocar los platos y los cubiertos. Otro ángel trajo pan. Llegada la hora de bendecir los alimentos, levantaron todos simultáneamente la mano derecha hacia el cielo, mientras inclinaban devotamente el rostro y luego giraban lentamente la palma de la mano izquierda por encima del plato con lo que parecía una sopa de verduras. Yo hice todo lo que ellos hicieron. La verdad es que me hubiera quedado ahí para siempre, aunque fuese una simple carpintería; estaba rodeada de un campo muy amplio y hermoso, pero lo mejor era la enorme paz que se sentía. De pronto me encontré de regreso en mi nave, ya pronto a aterrizar. Yo supongo que por ser yo tan terco no quisieron arriesgarse a que me aferrara en quedarme a vivir con ellos. Lo único que me quedó de aquella comida fue el modo de bendecir los alimentos, el cual hasta la fecha practico en ocasiones especiales, entre familia.
Este tema de los viajes siderales pudiera continuar con muchos capítulos, pero no quisiera abusar mis lectores, así que aquí cierro con una pintura muy apropósito: “Luz de Noche” un óleo de 120x160cm.
Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com
Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.
El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.
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