Aquel Barquito de mis Sueños
Por Federico León de la Vega - Abril 2008

En la Ciudad de México hay un parque llamado “De los Espejos”. Ahí se formaron sueños que después dieron origen a mi estilo de vida presente. Este hermoso parque está en la colonia Polanco, a un costado de la Avenida Reforma y cerca del Bosque de Chapultepec. Tiene muchos árboles, al igual que un pequeño auditorio al aire libre, un conservatorio de aves, varios paseos, una pista para patines y lo más interesante, tiene dos amplios espejos de agua en forma de “U” especialmente construidos para botes de juguete. Desde muy niño mi padre me llevaba al Parque de los Espejos. Ahí ví por primera vez un barco de control remoto. Era una reproducción fiel del “Queen Elizabeth” y daba vueltas por todos lados siguiendo las órdenes de su capitán desde la orilla. De pronto al atardecer ¡encendía las luces! Las hileras de lucecitas de las claraboyas se reflejaban sobre las quietas aguas del estanque…como espejo. Yo babeaba ilusionado con algún día tener un juguete así.
Pasados muchos años, ya con mis tres hijos, los llevaba a este parque de Polanco a jugar. Con frecuencia llevábamos modelos de barquitos para echar a los estanques. Algunos eran de control remoto y otros solo de vela –estos últimos eran muy divertidos, pues les podían ocurrir mil peripecias con los cambios de viento inesperados: a veces había que correr al otro extremo del estanque para evitar un atroz choque y otras había que regresar y adivinar a donde llegaría por fin después de dar vueltas…si no es que se quedaba sin viento a mitad del agua. Otros aficionados al modelismo llegaban y se formaban regatas. Desde las bancas del parque contemplábamos escenas marinas y soñábamos. Llegué a construir algunos modelos. Uno de un gran yate de motor para Santiago y otro de un velero para Álvaro –estos los diseñé y fabriqué sin recurrir a piezas prefabricadas y más o menos funcionaron. Entre los barquitos que hacíamos y los que comprábamos llegamos a formar una pequeña flota y acumular cantidad de recuerdos que aún hoy perduran. Fue la rutina de muchos sábados: llevar los barcos al parque, junto con bicicletas, comer pizzas, helados…pasar la tarde. Muchas pláticas tuvimos mientras mirábamos navegar los juguetes. Ya desde entonces proponía dejar la Ciudad de México, que comenzaba a ser cada vez más violenta y contaminada, para irnos a un lugar más tranquilo, de preferencia junto al mar.
Más años pasaron aún y un día mi hijo mayor, ya un hombre crecido, llegó de la Ciudad de México con el que en algún momento fue el mejor barquito de vela de nuestra flota. Aquí lo veo ahora, con el mástil roto y las velas todas teñidas de antigüedad, la pintura con huellas de los golpes que se daba al llegar tan veloz a la orilla –recuerdos de carreras que nosotros cuatro echábamos para alcanzarlo. Aún es sujeto de reparación. Me prometo hacerlo uno de estos días, pero lo repare o no, funciona como símbolo de un pasado determinante. Hoy, viviendo junto al mar en Nuevo Vallarta, veo cantidad de veleros, recibo invitaciones para pasear en una variedad de botes de amigos y clientes y aún he llegado a ser dueño de algunos. He tenido oportunidad de participar en regatas y disfruto de navegar ocasionalmente, aunque la verdad es que el sol y el viento salado últimamente me agotan.
Contemplando aquel barquito de juguete que tanto hicimos navegar juntos mis hijos y yo, pienso que quizá desde los paseos por el Parque de los Espejos se fraguó la determinación de vivir donde ahora vivo y ser feliz hasta donde se puede ser en esta vida. Sin embargo confieso que me inunda una enorme nostalgia por los tiempos pasados. Recuerdo todo: desde la llegada al parque, esperando el paso de los autos para cruzar la calle, cada quien sosteniendo en los brazos un barco. Toco este barquito que aún queda ahora y cerrando los ojos puedo escuchar los gritos de tres chamacos aturdiendo. Hoy que los tengo lejos…¡como quisiera abrazarlos así pequeños y cargarlos todos a la vez! …entonces podía.
La pintura con la que acompaño este artículo, es un retrato fiel del aquel barquito que les platico. Es un óleo de 80 x 50 cm, propiedad actual de mi hijo Álvaro. Espero que le inspire para componer algo de su música…alguna sinfonía del mar. Enviar a un amigo
Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com
Mi retroalimentación acerca de este artículo
Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.
El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.
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