Arte en México y Nuevo México
Por Federico León de la Vega - Septiembre 2008
Tenía yo meses deseando un cambio en mi estilo de pintar. Me esforzaba por innovar, pero solo lograba creatividad en cuanto a mis temas; mi estilo, mi pincelada y mis colores volvían a caer siempre en lo mismo. Impaciente, comencé a urgar en mi biblioteca. De entre los muchos libros de arte saltó uno que compré hace varios años, pero que nunca me había detenido a leer: de Kevin Macpherson “Fill Your Paintings with Light and Color”. Lo levanté del piso y ví que en las fotos de sus pinturas las pinceladas aparecían muy frescas y espontáneas de modo que llevándomelo a mi cómodo sillón me metí a leer lo que el autor decía. Sus ideas sobre color y orden en el proceso eran originales, de modo que me puse a consultar más con San Google y, como sucede en la computadora, una vez tecleando el primero rápidamente saltaron otros nombres acompañados de imágenes. No tardó en cautivarme el exquisito estilo de uno de ellos: Carolyn Anderson. Fue tal la pasión que la obra de esta pintora despertó en mí que leí todo lo que había sobre ella. No era mucho, pero además de las fotos de sus pinturas encontré que ofrecería un taller a fines de julio. De inmediato escribí un electrónico tratando de reservar mi espacio. Pasaron días sin respuesta, de modo que intenté los teléfonos que citaban. Tampoco hubo suerte. La única vez que logré contacto humano fue con una secretaria del director de la escuela de arte que organizaba los cursos y se limitó a informarme que no quedaba cupo. Le pedí me facilitara la comunicación con el director, pero todos los teléfonos que intenté los contestaban grabadoras. Fue inútil dejar mensajes. Repito que la pintura de Carolyn me había inspirado como pocos pintores: tenía una espontaneidad que yo añoraba. Si había algo que aprenderle no quería esperar mas.
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Entre los clientes de mi Estudio-Café está una influyente pareja de Albuquerque. Aunque solo vienen a Vallarta unas semanas cada año se han vuelto muy conocidos aquí y mi esposa y yo somos afortunados en tenerlos por amigos. Ella, Patti, es además de muy guapa la mujer más dinámica que conozco. Bastó un telefonema para echarla a andar. Unos días después nos apresurábamos a hacer maletas para volar a Albuquerque. A la familia la dejé con Patti y Don su marido y en un auto rentado aceleré camino al norte de Nuevo México. Pasando Santa Fe tomé hacia Las Vegas –no las de los casinos en Nevada, sino un pequeño pueblo al que se llega por la ruta a Taos. Luego, por una hermosa carretera estatal 518 que serpentea entre bosques y montañas llegué hasta otra angosta carretera 94 y aún otra más, la 105. Por fin arrivé al diminuto pueblo de Rociada a tiempo para iniciar en el taller de Carolyn al día siguiente. Advierto al lector que interese, que quizá no encuentre en su mapa este pueblo.
El taller resulto gratificante desde el primer instante del día uno y se mantuvo hasta el final. Carolyn es una generosa colega y excelente instructora. Entre los compañeros, la mayoría mujeres también había varios a quienes se le podía aprender mucho. Muy pronto nos sumergimos en ese mundo de música e inspiración, hora tras hora, modelo tras modelo, desde el amanecer hasta el atardecer y a veces por la noche después de la cena. El pueblo no ofrecía ninguna distracción a excepción el bar, donde una de las noches me lancé de espontáneo a leer algunos de mis cuentos de artista que aquí mismo en PVMIrror mensualmente publico. Casi siempre a eso de las 10 tomaba el auto rentado y regresaba al Totem Ranch, un muy pintoresco y cómodo lugar de hospedaje provinciano. Conducía yo lento, pues el camino era oscuro y ahí hay que tener cuidado con vacas y otra fauna; me acompañaba la música de los grillos… y como postre cada noche, al apagar las luces del auto se encendió la vía láctea. Ni siquiera en Vallarta la había yo visto tan brillante.
Entre las cosas más gratificantes del taller, además de lo mucho aprendido, estuvo la camaradería con pintores. Ese ambiente relajado que nos reúne en el propósito común de entender y procurar lo bello es el mismo en cada lugar que he visitado; hay un hilo común que liga a todos los pintores. Recuerdo a Shelley, Pat Ríos, Jim Cobb, Michelle Torrez, y los demás participantes, todos pintores esforzados a quienes con cariño les dedico este artículo.
Terminado el taller pasé unos días más en Nuevo México. Tuvimos la suerte de estar en Santa Fe para el Mercado Español. Me conmovió profundamente disfrutar de un tablao flamenco bailado en el kiosco del centro y después sentarme a comer recetas tradicionales de Sonora. Fui transportado hasta mis días en el club España en la Ciudad de México y pasé luego por las tierras de mi mujer: encontré en este lugar que ahora es extranjero ¡tantas cosas de mi propio país!
Me he atrevido a reproducir aquí una de las pinturas de Carolyn Anderson. Verán ustedes que es un impresionismo muy americano, espontáneo y natural. Yo he invitado a todos a visitarnos en Vallarta. Quizá podamos reunirnos y organizar un taller en San Sebastían con los pintores de Bahía de Banderas. Me encantaría ver el efecto que les haría el ambiente pueblerino colonial, tan similar al de Nuevo México y el shock que recibirían de la pintura moderna mexicana. ¿Qué les parecería Rufino Tamayo, Francisco Toledo o Rodolfo Morales? De quienes los conceptos son tan distintos a los que mis compañeros de taller manejan… De cualquier modo el arte, al igual que un pasado común, nos unen. Para los interesados, los talleres como el que tomé los ofrece Fredericksburg Artist´s School: www.fbgartschool.com. Enviar a un amigo
Federico León de la Vega
E-mail: fleondelavega@hotmail.com
Retroalimentación acerca de este artículo
Nota de Autor: Este es un capítulo de un libro de mis aventuras como pintor.
El Estudio – Café de Federico León de la Vega esta abierto al público, se localiza en Paseo de la Marina 31, Nuevo Vallarta, Nayarit. Abierto de Lunes a Sábado de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. Domingos de 8:00 a 11:00 a.m.
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