Día de Campo en la laguna de El Quelele
Acababa de pasar el día mundial de las aves, era el día de las madres en Estados Unidos (festejado este año un día después que nosotros). Estamos mitad de mayo y el clima de la bahía de Banderas sigue siendo un paraíso. Por unas de esas casualidades con que a veces te premia el destino, este domingo que parecía sería un poco complicado por el trabajo (lo que hay que agradecer, por el simple hecho de tener un trabajo, y en un lugar así). Resultó que mi agenda se terminó mucho antes de lo que esperaba coincidiendo con una llamada de mi amiga Tikka, solicitando mi presencia en un día de campo.
La agenda comenzaba a transformarse en algo más placentero.
Mi hijo Juan Sebastián trabaja y estudia y no podemos vernos tan seguido como quisiéramos, voy a hablarle, siendo domingo tal vez tengamos la suerte de estar un rato juntos…
Más magia! Mi llamada fue tan oportuna como para vernos en 15 minutos más y continuar a compartir juntos lo que venga.
Después de la corta jornada hasta Mezcales tomamos una terracería y en cinco minutos estábamos bajo la sombra de una parota gigantesca afuera de la casa de Butch, otro amigo de nuestra comunidad náutica, cerca de la Laguna de El Quelele. La recepción siempre es espontáneamente cálida y llena de entusiasmo. Recuerdo que cuando vivía en mi velero los abandoné por un mes y cuando llegué de regreso sin avisar, ya se había formado en el muelle una especie de alegre comité de bienvenida formado por sonrisas y miradas llenas de cielo y mar, y brazos dorados pidiendo mis cabos para ayudarme a amarrar mi barco.
El mes pasado llegué por tierra con motivo del Festival Natura Nayarit y la reacción fue similar, como iba de carrera no me pude quedar más de quince o veinte minutos, pero al salir de ahí, me sentía tonificado a tal grado que puedo asegurar que no hay mejor medicina que quince minutos de abrazos, besos y buenas vibras.
Después de la cálida recepción mencionada, invité a Juanse a explorar un poco por la ribera del estero de El Quelele, hay días en que se ven variedades extraordinarias de aves ahí, esta vez vimos varias garzas, níveas, tigres (les llaman garza-tigre), nocturnas coroniclaras, garzas azules, cigüeñas, algunos patos pijijes, ibis blancos y cariblancos, muchas calandrias y luises, pero la marea estaba muy baja y no vimos espátulas rosadas que son todo un espectáculo (creo que por ellas le pusieron Flamingos al club de golf, son del mismo color pero son otra especie con un pico totalmente diferente, en forma de cuchara). Es un excelente lugar para ver aves, solo que a veces hay que usar mucho repelente, los jejenes son bravos y los zancudos te pican a través de la ropa. Hoy no había ni unos ni otros. Tampoco vimos cocodrilos pero sí escuchamos a varios tecolotitos y otros que no pude reconocer por su canto.
Cuando regresamos ya habían llegado más amigos y nos pusimos a jugar algo que es una combinación de golf, tenis y canicas. Se hace un círculo de unos tres metros de diámetro con un cabo (una cuerda) no muy grueso y de una distancia de unos veinte metros tratamos de meter de un solo golpe, cada una de las tres pelotas de tenis que le tocan a cada uno con un bastón de golf que todos compartimos. Todos participamos, desde una chica inglesa de unos veinte años, hasta una señora también inglesa ya grande, con ciertas limitaciones en su movilidad. Gozamos inmensamente del juego, de las hamburguesas al carbón, de las cervezas, de la fogata, de Butch cantando y tocando su guitarra luego acompañado por Miguel, un rockero que le atora a la guitarra como si hubiera nacido con ella.
Pero sobre todo de la amistad, de un momento y un lugar donde sientes una libertad absoluta de ser tú mismo, sin compromisos.
Hoy recuerdo que éramos doce, pero de al menos siete países distintos, México, Estados Unidos, Canadá, Francia, Alemania, Inglaterra y Australia.
Después de haber compartido esa mañana con dos chicas argentinas y luego con un cuate turco que me dio la receta para hacer un “Kebab” de cordero, les guardo una mayor admiración a todas estas especies migratorias y locales que visitan la Laguna de El Quelele. Se juntan aquí en perfecta armonía con todas las otras especies que vienen y van sin importarles si hay una hora de diferencia e ignorando todas esas fronteras artificiales entre estados y países que solo sirven para dividirnos y hacernos pensar que somos distintos, cuando la vida puede ser mucho menos complicada y tan disfrutable. Enviar a un amigo
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Eduardo Rincón-Gallardo
E-mail: toureps@prodigy.net.mx
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