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En el año de 1938 dejaba mi querido barrio
de la calle Libertad para cambiarnos a la casa que
mi marido había comprado en el centro de la
población.
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Allí se quedaban para
siempre un cúmulo de recuerdos, mudos testigos
de mis alegrías, tristezas, angustias e
ilusiones; la casa donde mis hijos crecieron: Catha,
Esthela, Luz, mi hijo Roberto y mi pequeña
hija Yolanda. Fue ahí donde goce de sus
tiernos juegos, consolé sus llantos vigile
sus enfermedades y vele sus sueños. |
Me alejaba de mis viejos y
queridos vecinos desde que llegue aquí: las Ruelas, las familias, Uribe,
Ibarría, Fregoso, Lepe, Macedo, Landeros y mas
tarde los Chávez y Sánchez. Nunca podré olvidar
los lazos de amistad que siempre nos unieron; la vida
de sus hijos estaba ligada con la de los míos.
¡Cuantas anécdotas podría yo narrar!
Cuantos imborrables recuerdos de cada uno. Doña
delfina, madre de Pancho Lepe ¡que bonitos nacimientos
arreglaba para Navidad! Toda una pieza acondicionada
para ello, con cuanto arte lo hacia. Mis hijos y la
chiquillería del barrio, así como la
gente grande, nos embelesábamos viéndolo.
Recuerdo también a Lupita Ibarria, hermana de
Salvador y Toño González, bella y tierna
mujer de tez muy blanca y azules ojos. Sus hijos Ramón
y el "Prieto" junto con los hermanos Uribe: Alfonso,
José y Clementina en compañía
de otros chicos y mis hijos formaban un grupo de ocurrentes
muchachos. Jugaban al circo y para ello se disfrazaban.
Mi hijo el "Güero" se montaba en una yegüita
pony que le teníamos y vestido de payaso, salía
por las calles anunciando el convite ¡Sanos juegos
de la infancia!
Asimismo, viene a mi mente
otra de mis vecinas: Mariquita, una viejecita güera y menudita, de pelo largo
y cano cual copo de nieve y su sobrina Julia, una morena
de negrísimas trenzas que de día y de
noche pedaleaba en la maquina haciendo pantalones.
Mis hijas, las mayores, amistaban con ella y conseguían
el permiso para que la dejasen salir ya que su tía
era muy delicada y la cuidaba en extremo; de esta manera,
lograban desprender a Julia de sus quehaceres y así,
correteando se iban por la orilla del río a
gozar de la frescura de las tardes; no faltaba encontrarse,
en su paso en las esquinas a los jóvenes enamorados
que les entregaban las consabidas cartitas de amor.
¿Cómo no iba a añorar mi barrio,
sus gentes y costumbres? Cuantas veces allí sentada
en la puerta de mi casa, por ser costumbre hacerlo
así en esas tardes de sofocante calor, me divertía
ver el solo transitar por mi banqueta a las gentes
que pasaban y muy amables me saludaban ¡hasta
las muchachas alegres de la Güera Demetria! " La
vaca mora" que le apodaban así por ser mujer
dirigente de una casa Non Santa situada no lejos de
esos barrios. Estas damiselas pasaban por ahí con
sus largos y relumbrantes vestidos de chermesse; algunos,
con azoro, las veían pasar..., se persignaban
y discretamente cerraban sus puertas. Pero esta mujer,
la Güera Demetria, por muchos criticada, tenia
también sus cualidades; yo la llegué a
tratar por ser cliente asidua de la botica y supe por
otras personas que, calladamente hacia obras de caridad;
esto debe de haber sido cierto. Con los años,
ella se olvido de su vida pasada y se refugio como
buena cristiana en la iglesia perteneciendo a la Acción
Católica. Mas tarde se caso con un joven músico
mucho menor que ella; después se le vio cansada
y enferma y murió muy anciana.
Entre otras personas no puede
pasar al olvido a la fiel y querida nana, Herlinda "Lindita" como le llamábamos
de cariño. Cuando llego al ceno de la familia,
venia acompañada de su pequeña hija Esperanza
que tenia la misma edad de la menor de mis hijas, Yolanda.
Herlinda era una buenaza humilde mujer, correcta y
de finos modales adquiridos de una familia inglesa
que se la había llevado muy jovencita del mineral
de los Reyes a Inglaterra donde permaneció por
mas de 10 años. Nos contaba anécdotas
muy interesantes acerca de la Primera Guerra Mundial
que le toco vivir. Así mismo nos relataba los
viajes que había hecho a otros países
de Europa, sucediéndole cada cosa... ¡por
atolondrada! Como ella nos decía con voz bonachona
y un tanto jocosa intercalada de risa. Le ponía
tal énfasis a sus platicas que accionaba al
mismo tiempo. Mis hijas la rodeaban y les gustaba que
les hablara en ingles, idioma que ella había
aprendido. Con su manera de ser, Linda se dio a querer
de todos en casa; nunca imaginé que, al correr
de los años, llegaría a ser la nana hasta
de mis nietos.
| Recordando los felices
días transcurridos en mi barrio de la
calle Libertad, mi mente vuela hacia aquellas
noches en que después de la cena me rodeaba
de mis hijos y, en compañía de
la servidumbre, acostumbrábamos a rezar
el Rosario ¡Que ambiente de paz y recogimiento
se dejaba sentir! En medio de todo ello no faltaban
los graciosos incidentes que nos ocurrían
y que celebrábamos en coro con bromas
y risas. Viene a mi memoria una de las noches
en que todos devotamente rezábamos; yo
no me había dado cuenta de la ausencia
de Pancho, el mozo, cuando intempestivamente
llegó jadeante y sudoroso dejándose
caer de rodillas y persignándose nerviosamente
llego jadeante para que de momento me distrajera
y, cerrando los ojos, me pregunte en voz alta "que
rezo yo"?, porque no sabia si continuaba el Dios
te salve o la Santa María Apenas dicho
esto, Pancho, asustado repitió ¿Quién
resolló?, y como un bólido se hecho
a correr a la calle y todos en sus seguimiento.
Cuando se reflexiono sobre lo ocurrido, reímos
con todas las ganas, pues en esos tiempos se
creía mucho en fantasmas y aparecidos
y el pobre muchacho creyó que alguien
de ultratumba había resollado. |
Entre otras cosas, puede hacer
remembranza de algunos personajes pintorescos que
fueron bien conocidos de todos y que se hicieron
celebres por algo que los caracterizaba. Como Severo,
quien vendía limones en un mugroso
morralito bajo el brazo. Usaba un raído sombrero
de palma con el barbiquejo echado hacia atrás;
era alto, delgado, moreno y lampiño asomando
tres pelos en la barba; caminaba con una pierna que
la parecer no flexionaba. La chiquillería del
barrio le compuso una canción y, en coro, haciendo
rueda le cantaban: "Severo para tirante, cuando camina
mira como le hace, mira como le hace" y se ponían
a imitarlo. Esto no le causaba enojo a él, por
el contrario, se reía.
Otro que se hizo popular fue "Pancho Tenazas"; hacia
cachimbas de latas vacías y cantaba sus versos;
además, en las pastorelas, lo ocupaban para
hacer le papel de "el Bartolito". Así también
estaba él hombre del megáfono que a los
cuatro vientos, en las esquinas, con un alcatraz metálico
anunciaba los eventos. Éste era el "Mamá Chencha".
Otro personaje muy especial rea "el Mula", un pobre
borrachito tuerto quien siempre andaba a la cuarta
pregunta pidiendo para su trago; era el carretonero
de recoger la basura, inconfundible al verlo, todo
el tiempo descamisado portando sobre el dorso un costal
terciado y los pantalones arremangados. Pero entre
todos estos había otros que se distinguieron
por los servicios que prestaban, como don Justiniano,
que le hacia de curandero y dentista no faltaba "La
partera" doña María y tantos otros mas.
| Y así, una etapa
de mi vida iba quedando atrás para empezar
otra con el cambio a mi nuevo domicilio. Pronto
me identifique con las muchachas Fernández
a quienes conocía desde mucho tiempo atrás
pero que ahora iban a ser mas de cerca mis vecinas,
lo mismo que María Elena Carranza, así como
también las nuevas familias que habían
venido a avecindarse: |
| los esposos Carrillo,
Chelo y Miguel, procedentes de Mazatlán; él
tenía una agencia de buques. La familia
Castro: don Salvador, Gela su esposa, e hijos Rafael, Enrique
y Guillermo, todos muy jovencitos. "Don Salva" como
le llamábamos, había venido como
gerente de don Agustín Flores. Habitaba
la misma casa donde tenían las oficinas,
la cual colindaba con la nuestra. También
amiste con los esposos Romero, Fernando y Lupita. Él
había venido de Guadalajara en 1934 a
instalar una tienda de ropa y calzado y ella
era de la capital. No obstante, sin pretensiones,
pronto se habituó a esta sencilla vida
de pueblo. |
¡Que tiempo aquellos! Una época
muy bonita, disfrutamos todos entre si. Mi nueva casa
era el punto de reunión. Formábamos un
grupo muy alegre propio de nuestra juventud. Todas
me llamaban de cariño "La
Catona". Soliamos ir por las noches al malecón
y rompíamos la quietud con nuestras sonoras
risas que se dejaban escuchar en torno. ¡Como
gozábamos
de nuestras ocurrencias! Improvisábamos festejos
y las cazuelas de comida se veían venir de una
casa a otra. Eran famosas las cenas de nuestros amigos
Chelo y Miguel Carrillo que preparaban para disfrutarla
con todos nosotros, después del baile de año
nuevo. María la "Barbona" su sirvienta, ya nos
esperaba con un humeante menudo muy rico que ella preparaba,
prolongándose la fiesta hasta el amanecer. ¡Cuantos
recuerdos! Muchas de estas amistades se fueron de aquí,
dejándome con su ausencia un vació muy
grande; sin embrago habiendo sido una sincera y leal
amistad. La lejanía no fue obstáculo
para perderla; a través de los años seguimos
conservándola. Algunas de mis queridas amigas
han emprendido el viaje sin retorno; sus gratos recuerdos
serán imperecederos.
Catalina
Montes de Oca Aguilar
Autobiografía
de Doña Catalina Montes de Oca Aguilar
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Nota:
Los segmentos del libro "Puerto Vallarta en mis Recuerdos" ambas
versiones, son publicados en PVMirror.com con la autorización de la
Sra. Yolanda Contreras de Garduño coautora de la obra y propietaria
de los derechos de autor. Esta prohibida la reproducción total o parcial
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315 Veniustiano Carranza
Col. Emiliano Zapata. |
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