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VALLARTA MEMORIES

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Dejaba mi casa de la calle Libertad. Año 1938

Abril, 2004
Del Libro"Puerto Vallarta en Mis Recuerdos" - [Read in English]

En el año de 1938 dejaba mi querido barrio de la calle Libertad para cambiarnos a la casa que mi marido había comprado en el centro de la población.

Allí se quedaban para siempre un cúmulo de recuerdos, mudos testigos de mis alegrías, tristezas, angustias e ilusiones; la casa donde mis hijos crecieron: Catha, Esthela, Luz, mi hijo Roberto y mi pequeña hija Yolanda. Fue ahí donde goce de sus tiernos juegos, consolé sus llantos vigile sus enfermedades y vele sus sueños.

Me alejaba de mis viejos y queridos vecinos desde que llegue aquí: las Ruelas, las familias, Uribe, Ibarría, Fregoso, Lepe, Macedo, Landeros y mas tarde los Chávez y Sánchez. Nunca podré olvidar los lazos de amistad que siempre nos unieron; la vida de sus hijos estaba ligada con la de los míos.

¡Cuantas anécdotas podría yo narrar! Cuantos imborrables recuerdos de cada uno. Doña delfina, madre de Pancho Lepe ¡que bonitos nacimientos arreglaba para Navidad! Toda una pieza acondicionada para ello, con cuanto arte lo hacia. Mis hijos y la chiquillería del barrio, así como la gente grande, nos embelesábamos viéndolo. Recuerdo también a Lupita Ibarria, hermana de Salvador y Toño González, bella y tierna mujer de tez muy blanca y azules ojos. Sus hijos Ramón y el "Prieto" junto con los hermanos Uribe: Alfonso, José y Clementina en compañía de otros chicos y mis hijos formaban un grupo de ocurrentes muchachos. Jugaban al circo y para ello se disfrazaban. Mi hijo el "Güero" se montaba en una yegüita pony que le teníamos y vestido de payaso, salía por las calles anunciando el convite ¡Sanos juegos de la infancia!

Asimismo, viene a mi mente otra de mis vecinas: Mariquita, una viejecita güera y menudita, de pelo largo y cano cual copo de nieve y su sobrina Julia, una morena de negrísimas trenzas que de día y de noche pedaleaba en la maquina haciendo pantalones. Mis hijas, las mayores, amistaban con ella y conseguían el permiso para que la dejasen salir ya que su tía era muy delicada y la cuidaba en extremo; de esta manera, lograban desprender a Julia de sus quehaceres y así, correteando se iban por la orilla del río a gozar de la frescura de las tardes; no faltaba encontrarse, en su paso en las esquinas a los jóvenes enamorados que les entregaban las consabidas cartitas de amor.

¿Cómo no iba a añorar mi barrio, sus gentes y costumbres? Cuantas veces allí sentada en la puerta de mi casa, por ser costumbre hacerlo así en esas tardes de sofocante calor, me divertía ver el solo transitar por mi banqueta a las gentes que pasaban y muy amables me saludaban ¡hasta las muchachas alegres de la Güera Demetria! " La vaca mora" que le apodaban así por ser mujer dirigente de una casa Non Santa situada no lejos de esos barrios. Estas damiselas pasaban por ahí con sus largos y relumbrantes vestidos de chermesse; algunos, con azoro, las veían pasar..., se persignaban y discretamente cerraban sus puertas. Pero esta mujer, la Güera Demetria, por muchos criticada, tenia también sus cualidades; yo la llegué a tratar por ser cliente asidua de la botica y supe por otras personas que, calladamente hacia obras de caridad; esto debe de haber sido cierto. Con los años, ella se olvido de su vida pasada y se refugio como buena cristiana en la iglesia perteneciendo a la Acción Católica. Mas tarde se caso con un joven músico mucho menor que ella; después se le vio cansada y enferma y murió muy anciana.

Entre otras personas no puede pasar al olvido a la fiel y querida nana, Herlinda "Lindita" como le llamábamos de cariño. Cuando llego al ceno de la familia, venia acompañada de su pequeña hija Esperanza que tenia la misma edad de la menor de mis hijas, Yolanda. Herlinda era una buenaza humilde mujer, correcta y de finos modales adquiridos de una familia inglesa que se la había llevado muy jovencita del mineral de los Reyes a Inglaterra donde permaneció por mas de 10 años. Nos contaba anécdotas muy interesantes acerca de la Primera Guerra Mundial que le toco vivir. Así mismo nos relataba los viajes que había hecho a otros países de Europa, sucediéndole cada cosa... ¡por atolondrada! Como ella nos decía con voz bonachona y un tanto jocosa intercalada de risa. Le ponía tal énfasis a sus platicas que accionaba al mismo tiempo. Mis hijas la rodeaban y les gustaba que les hablara en ingles, idioma que ella había aprendido. Con su manera de ser, Linda se dio a querer de todos en casa; nunca imaginé que, al correr de los años, llegaría a ser la nana hasta de mis nietos.

Recordando los felices días transcurridos en mi barrio de la calle Libertad, mi mente vuela hacia aquellas noches en que después de la cena me rodeaba de mis hijos y, en compañía de la servidumbre, acostumbrábamos a rezar el Rosario ¡Que ambiente de paz y recogimiento se dejaba sentir! En medio de todo ello no faltaban los graciosos incidentes que nos ocurrían y que celebrábamos en coro con bromas y risas. Viene a mi memoria una de las noches en que todos devotamente rezábamos; yo no me había dado cuenta de la ausencia de Pancho, el mozo, cuando intempestivamente llegó jadeante y sudoroso dejándose caer de rodillas y persignándose nerviosamente llego jadeante para que de momento me distrajera y, cerrando los ojos, me pregunte en voz alta "que rezo yo"?, porque no sabia si continuaba el Dios te salve o la Santa María Apenas dicho esto, Pancho, asustado repitió ¿Quién resolló?, y como un bólido se hecho a correr a la calle y todos en sus seguimiento. Cuando se reflexiono sobre lo ocurrido, reímos con todas las ganas, pues en esos tiempos se creía mucho en fantasmas y aparecidos y el pobre muchacho creyó que alguien de ultratumba había resollado.

Entre otras cosas, puede hacer remembranza de algunos personajes pintorescos que fueron bien conocidos de todos y que se hicieron celebres por algo que los caracterizaba. Como Severo, quien vendía limones en un mugroso morralito bajo el brazo. Usaba un raído sombrero de palma con el barbiquejo echado hacia atrás; era alto, delgado, moreno y lampiño asomando tres pelos en la barba; caminaba con una pierna que la parecer no flexionaba. La chiquillería del barrio le compuso una canción y, en coro, haciendo rueda le cantaban: "Severo para tirante, cuando camina mira como le hace, mira como le hace" y se ponían a imitarlo. Esto no le causaba enojo a él, por el contrario, se reía.

Otro que se hizo popular fue "Pancho Tenazas"; hacia cachimbas de latas vacías y cantaba sus versos; además, en las pastorelas, lo ocupaban para hacer le papel de "el Bartolito". Así también estaba él hombre del megáfono que a los cuatro vientos, en las esquinas, con un alcatraz metálico anunciaba los eventos. Éste era el "Mamá Chencha". Otro personaje muy especial rea "el Mula", un pobre borrachito tuerto quien siempre andaba a la cuarta pregunta pidiendo para su trago; era el carretonero de recoger la basura, inconfundible al verlo, todo el tiempo descamisado portando sobre el dorso un costal terciado y los pantalones arremangados. Pero entre todos estos había otros que se distinguieron por los servicios que prestaban, como don Justiniano, que le hacia de curandero y dentista no faltaba "La partera" doña María y tantos otros mas.

Y así, una etapa de mi vida iba quedando atrás para empezar otra con el cambio a mi nuevo domicilio. Pronto me identifique con las muchachas Fernández a quienes conocía desde mucho tiempo atrás pero que ahora iban a ser mas de cerca mis vecinas, lo mismo que María Elena Carranza, así como también las nuevas familias que habían venido a avecindarse:
los esposos Carrillo, Chelo y Miguel, procedentes de Mazatlán; él tenía una agencia de buques. La familia Castro: don Salvador, Gela su esposa, e hijos Rafael, Enrique y Guillermo, todos muy jovencitos. "Don Salva" como le llamábamos, había venido como gerente de don Agustín Flores. Habitaba la misma casa donde tenían las oficinas, la cual colindaba con la nuestra. También amiste con los esposos Romero, Fernando y Lupita. Él había venido de Guadalajara en 1934 a instalar una tienda de ropa y calzado y ella era de la capital. No obstante, sin pretensiones, pronto se habituó a esta sencilla vida de pueblo.

¡Que tiempo aquellos! Una época muy bonita, disfrutamos todos entre si. Mi nueva casa era el punto de reunión. Formábamos un grupo muy alegre propio de nuestra juventud. Todas me llamaban de cariño "La Catona". Soliamos ir por las noches al malecón y rompíamos la quietud con nuestras sonoras risas que se dejaban escuchar en torno. ¡Como gozábamos de nuestras ocurrencias! Improvisábamos festejos y las cazuelas de comida se veían venir de una casa a otra. Eran famosas las cenas de nuestros amigos Chelo y Miguel Carrillo que preparaban para disfrutarla con todos nosotros, después del baile de año nuevo. María la "Barbona" su sirvienta, ya nos esperaba con un humeante menudo muy rico que ella preparaba, prolongándose la fiesta hasta el amanecer. ¡Cuantos recuerdos! Muchas de estas amistades se fueron de aquí, dejándome con su ausencia un vació muy grande; sin embrago habiendo sido una sincera y leal amistad. La lejanía no fue obstáculo para perderla; a través de los años seguimos conservándola. Algunas de mis queridas amigas han emprendido el viaje sin retorno; sus gratos recuerdos serán imperecederos.

Catalina Montes de Oca Aguilar
Autobiografía de Doña Catalina Montes de Oca Aguilar

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Nota:
Los segmentos del libro "Puerto Vallarta en mis Recuerdos" ambas versiones, son publicados en PVMirror.com con la autorización de la Sra. Yolanda Contreras de Garduño coautora de la obra y propietaria de los derechos de autor. Esta prohibida la reproducción total o parcial en cualquier otro medio.

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