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Primeras agencias de viaje. Año de 1961 |
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Me he venido refiriendo en que forma llegaron nuestros primeros visitantes extranjeros. Prosiguiendo con mi relato sobre esto mismo, vuelvo a repetir que muchos de ellos venían al azar o recomendados por otras personas que creían haber encontrado aquí una parte inexplorada del continente, pero ni remotamente se pensaba que alguna agencia de viajes los hubiese organizado. Los primeros grupos que realmente vinieron por ese conducto lo hicieron a través de la Compañía Mexicana de Aviación en el año de 1954, fecha en que se estableció; en esta forma la compañía empezó a tener el contacto directo con las agencias y con los escasos hoteles que había en este lugar.
Fue en el año de 1961 cuando Raúl Agraz tuvo la gran idea de instalar frente al malecón una oficina de información turística; poco después apareció “Viajes Méndez Tours” y así empezaron a surgir otros como “Viajes Tropicana” que era administrada por Humberto Mantecón, “Beto” como todos le llaman, que por tenían un gran atractivo con las “gringuitas” y con justa razón pues ha sido él un muchacho apuesto, tipo clásico del hombre latino, además de haberlo heredado de sus padres, los esposos Adán Mantecón y Felicitas “Fela” Montes, amigos nuestros.
Entre otras agencias consideradas también dentro de la primeras están “Truismo Puerto Vallarta” de Rafael de la Cruz, así como la de Antonio Pérez, “Viajes Vallarta”. A través de esta agencia se inicio la ruta del primer barco turístico procedente de Los Ángeles, California. “El Princess Patricia”, el cual llego a este puerto el 7 de diciembre de 1965, ancló frente al balneario de los Muertos viniendo a recibirlo al señor Marcelino García Paniagua, administrador de la aduana de Guadalajara. La visita de inspección la practico el vista señor Wilfredo Valverde; entre otras autoridades, el representantes de la oficina de población de este puerto, capitán Jesús Espinoza Hernández; el jefe de la sección aduanera, Andrés Famanía; celadores: Manual Robles, Salvador Preciado el “Güero”, Antonio García S. y el capitán de puerto, señor Leoncio Talavera Acuña.
La llagada de este buque causó gran revuelo y alegría entre la gente del pueblo que se volcó a la deseosa de contemplarlo de cerca. Este acontecimiento representaba un camino más al desarrollo turístico y ello dio cabida para que se avecindara la gente relacionada en este mismo ramo. Recordamos a una de ellas, al señor Alfredo Cardeña quien, procedente de Los Ángeles, California, empezó a tener con la agencia de “Viajes Vallarta y que desplegó una gran capacidad desde que se inició en la promoción y manejo de grupos; nos cuenta que vino por primera vez a este puerto en el mes de octubre del año de 1962, no a radicarse sino en viaje de inspección; le pareció el lugar idóneo para alcanzar la meta deseada que logró a base de trabajo y esfuerzo hasta formar su propia empresa “Viajes Bigal”.
Esto es lo que pude saber acerca de las primeras agencias de viajes, así como también de los primeros guías de turistas que vinieron a manejando grupos, fueron el señor Francisco Romero y Alfredo Marañón en el año de 1957.
Habiéndome apartado del tema sobre el primer barco turístico que apareció el la bahía, y retrocediendo muchos años atrás para hacer una comparación de éste con los que venían en aquellos tiempos, voy a hacer un poco de historia. Entre los barcos que hacían la ruta de carga y pasaje se encontraban “El Sin Nombre” que como recordarán fue en el que llegue a este puerto; además, “El Bolívar”, “El Arturo”, “Corrigan II”, “Corrigan IV” y “El Salvatierra” cuyo capitán era don Pedrito Caro, amigo de todos. En ese entonces el barco era el medio de transporte más cómodo y usual.
¡Cuánto entusiasmo sentíamos cuando divisábamos allá en el horizonte el humo apenas visible del buque que se aproximaba y más aun cuando oíamos el reconocido silbato estridente de cada uno anunciando su llegada!
Ya sabíamos que en ellos venían pasajeros, bien fueran de nuestras amistades o gente nueva; también el gusto redundaba en el cargamento de mercancías que traían, siendo algunas para uso personal como sedas, perfumes, sombrillas, que por cierto no se por qué dejaron de usarse; me gustaba como lucían, tan bonitas, dando a las damas un toque de feminidad y coquetería. También se acostumbraba entre la gente del puerto acercarse a la playa para ver descender a los viajeros y darles la bienvenida o, viceversa, a despedirlos cuando se iban de viaje, que por lo regular lo hacían en tiempo de verano; era un cumplido y una muestra de afecto que en esta forma poníamos de manifiesto.
Los barcos tenían bastante tráfico, tanto de pasajeros como de carga; el manejo de esta última lo hacían con un sistema primitivo: como no había muelle, ya lo he venido explicando, el embarque y desembarque lo hacían por medio de canoas; es de suponerse que había para ello un gremio de cargadores y marineros quienes ejecutaban las maniobras. Es justo recordar algo de ellos: éstos eran corpulentos y valerosos hombres de mar, de constitución atlética, bravíos y desafiantes; así podíamos verlos en sus tareas, con los pantalones enrollados hasta la rodilla, sus pechos desnudos al sol, cubriendo parte de su cabeza y espalda con un costal que ellos acomodaban semejando capuchones de monje; esto lo hacían para amortiguar, en parte, la pesada carga que echaban sobre sus espaldas. No obstante lo rudo de su trabajo ¡parecían amarlo! Así solía verlos sonreír con sus diente muy blancos que destacaban más aún lo tostado de sus rostros. Les oía al pasar, intercalar bromas con su léxico muy propio “…ándale vale, no seas g… no te quedes allí parado”, éstos y otros improperios se decían entre sí. Hago la aclaración: estas expresiones nunca las hicieron deliberadamente delante de mí, faltándome el respeto; fui yo, como antes dije, quien los escuché ocasionalmente.
Todos ellos eran muy populares en el puerto y tenían su apodo. Entre los que recuerdo estaban “El Trancas”, “El Bule”, “El Zurrón”, “Tres Pelos”. “El Zun”, “El Maguey”, “Morelos”, “El Romo”, “El Chiri”, “El Manchado”, “El Niño”, “El Tiquilichi”, “El Pituchi” y tantos más…
Podía uno saber de ellos porque aparte de su trabajo también hacían acarreo a domicilio; cabe mencionar que esto era porque no había camiones de carga para hacer este servicio. Cuando se juntaban dos o tres barcos a la vez, estos incansables hombres hacían tarea doble, como ellos decían y no tenían tiempo para ir a comer a sus casas, pero sus mujeres, ni tardas ni perezosas, acarreaban en unas canastas su comida tapadas con unas vistosas y almidonadas servilletas.
Estos estibadores eran parte de la vida del pueblo; muchos han muerto, otros aún viven, algunos viejos y cansados, ya retirados, conservan recuerdos de aquellos tiempos.
Catalina Montes de Oca Aguilar
Autobiografia de Doña Catalina Montes de Oca Aguilar
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