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Nací
a principios de este siglo en un risueño pueblito del estado de Jalisco
llamado San Gabriel. Me pusieron por nombre Catalina. Mi padre fue don Juan Montes
de Oca, originario de Tapalpa, Jalisco, pueblo enclavado en la sierra. Mi madre
se llamó Ramona Aguilar, hija del Sr. Don Rafael Aguilar, rico comerciante
en el pueblo de San Gabriel, quien dejó como recuerdo una pequeña
capilla donde hasta la fecha se venera la imagen milagrosa del Divino Rostro;
todavía existe la vieja y amada casona donde nacieron y crecieron mi madre
y mis tíos. Desde que tuve conocimiento de la vida,
me pude dar cuenta de que la mía se deslizaba plácidamente al lado
de mis padres. Alguna vez oí comentar a mi familia
que desde chica había sido yo muy observadora, y tal vez pudo haber sido
así porque, con mucha claridad, guardo en mi mente recuerdos gratos y lejanos
de mi niñez y de la Hermosa ciudad de Guadalajara. Contaba a lo sumo cinco
años cuando mi di cuenta de que mi padre y mi tío Lázaro
Montes de Oca tenían un negoncio de abarrotes. La
tienda, así como la cas habitación, se hallaban comprendidas dentro
de una vieja casona que, según decía la gente, fue por muchos años
el convento de La Carmelitas. Esta casa se hallaba situada en la calle de San
Cristobal hoy Ocho de Julio, y hacía cruzamiento con la actual avenida
Juárez, antes calle del Carmen, precisamente donde está el Jardín
del Carmen y donde siempre ha existido el hermoso templo del mismo nombre. Todavía
recuerdo ese pequeño jardín en donde, a la hora de siesta, me gustaba
tirarme de bruces en sus prados, tan solo por oír de las torotlitas melancólico
canto y, por las noches, nos reuníamos toda la chiquillería del
barrio a jugar los juegos infantiles de aquella época: "María
Blanca", "Ángel de oro", " Mambrú se fue a la
Guerra", "La víbora de la mar", etc.;esos mismos juegos
que tan bellamente describe mi amigo y gran escritor el Lic. Agustín Yáñez
en su libro Flor de Juegos Antiguos. Por otra parte, gustaba de aspirar por las
noches el fuerte aroma que emanaba el "huele de noche" con que estaban
circundados algunos de sus prados. Otra cosa que me fascinaba era escuchar el
monótono canto del grillo, que se me figuraba misterioso; tal vez influía
en mí la lectura del texto Susanita que teníamos en la clase, en
el cual se narraba la vida de la niña huerfanita y hacendosa que hacía
las veces de mama con sus hermanitos y en donde siempre estaba, en la chimenea,
canto del grillo. Muchos inviernos han pasado ya desde
esos felices días y hoy todavía cuando cruzo ese bellísimo
jardín del Carmen, se reviven en mí los recuerdos de mi infancia;
aquellos días en que con tanta ansia esperaba la hora de salida de clases,
por las tardes, cuand mi padre pasaba a recogernos al Liceo a mi hermana María
y a mí y luego, de paso, llegábamos a comprar flores al jardín
de La Soledad, donde ahora es la Rotonda de los Hombres Ilustres, frente al museo
y a un lado de la Catedral. Allí, en ese jardín, mi padre nos compraba
muy lindas azucenas; luego nos llevaba a casa donde mi madre nos esperaba para
vestirnos de blanco, con velo de tul y albas coronitas, para llevarnos al Templo
del Carmen a ofrecer lindas flores ante el altar de la Virgen María. Ahora,
cuando visito ese recinto sagrado de tan dulces recuerdo ¡cuántas
lágrimas de mis ojos han brotado en silencio! En este templo todo está
igual: en la cúpula, las mismas pinturas de las mujeres célebres
de la Biblia, lso mismos santos y, en mi vida, tantas cosas sucedidas. De
igual manera me viene a la mente el día de San Pedro. Temprano estábamos
llenos de alboroto para hacer el recorrido en tranvía de mulitas hasta
la garita; de allí transbordábamos a las tradicionales carretas
adornadas, las que nos llevaban a Tlaquepaque. A un costado
de la Catedral, por la calle Hidalgo, en los días de cuaresma se podia
ver en aquella hilera de mesas con grandes ollas de barro, variedad de agues frescas:
de horchata, de cebada, , de arroz, de jarrillas que trasudaban de heladas. Después
venía noviembre, el día de todos los santos y de los muertos con
sus tendidos sobre las banquetas: de mascaras y monos de carton pintados con olor
a brea. Las romerías al Santuario de la Virgen de Guadalupe, en diciembre:
los buñuelos de rodilla, las cañas criollas, los cacahuates "ruido
de uñas" por lo tostadito que estaba. La celebración de las
posadas navideñas en el colegio "Silva" que, por vivir tan cerca
de él, toda la chiqullería del barrio nos colábamos para
disfrutas de ellas como si fuésemos invitados. Tomábamos parte en
las procesiones con velitas a pedir posada para los peregrinos y terminábamos
con las clásicas piñatas. Recuerdo también
cómo se inundaban las calles de Guadalajara en tiempo de lluvias por falta
de desagûes; quedaban intransitables. Los muchachos imporvisaban puentes
con tables y cobraban un centavo por pasar a los transeúntes; todo esto
era alegría para nosotros. Mis estudios los hice
en la escuela Normal Liceo de Niñas y Señoritas que se encontraba
ubicada a un costado del gran Teatro Degollado, junto a la actual Plaza de la
Liberación. Siempre tuve muy grabada en mi mente
a mi maestra, la señorita Laura Apodaca, mujer alta, de tez morena y muy
delgada. Vestía un gran delantal de alpaca color Negro; qué majestuosa
e imponente me parecía cuando, con su ronca voz, nos iba nombrando a las
alumnas de más aplicación y nos ordenaba ponernos de pie para otorgarnos,
como premio, el derecho a recibir un boleto que nos obsequiaba para ir a El Gran
Circo Orrin donde actuaba el genial Ricardo Bell con sus graciosos e ingenuos
chistes. Cómo me pesó dejar ese plantel cuando nos trasladamos a
vivir al cercano pueblo de Ocotlán, Jalisco, lugar donde permanecimos de
1912 a 1915; luego, regresamos a la ciudad de Guadalajara debido a los movimientos
revolucionarios. Poco tiempo despúes de haber salido
de este lugar, perdimos a nuesto querido padre, razón de más para
que mi madre resolviera llevarnos de Nuevo a la ciudad donde se contaba con más
garantías. Después de dos años, y
recién pasada la efervescencia, nos trasladamos a la ciudad de México. Una
vez instaladas en la gran capital, mis hermanas, que eran profesoras, solicitaron
empleo. Se les concedió su nombramiento ya que contábamos con el
apoyo de una amigo de la familia y paisano de San Gabriel, el Sr. Manuel F. Ochoa,
quien fuera telegrafista particular del Señor Presidente de la República,
don Venustiano Carranza. Yo también tuve la suerte
de encontrar trabajo a poco de llegar a México , en una casa que se denominaba
"Los Ópticos de Kin", donde pronto aprendí a adaptar lentes. Poco
antes de irons a radicar a la ciudad de México, en el año de 1915,
conocí en Guadalajara al joven que más tarde se convertiría
en mi esposo, el Sr. José Roberto Contreras Quintero, originario de Mascota,
Jalisco. Una vez iniciado nuestro noviazgo, el joven Contreras
tuvo que dejar la botica que tenía en Guadalajara, para trasladarse al
hoy Puerto Vallarta en busca de nuevos horizontes. Así fue cómo
se avecindó en ese lugar en el año de 1916. Dos años despues,
osea a principios de 1918, fue a México a la realización de nuestro
matrimonio. La ceremonia se verificó en un templo
muy antiguo, el de La Soledad,el 27 de abril de 1918, fecha en que, habiendo pasado
la revolución , los habitantes de la capital vivíamos una era de
paz ya que contábamos con un gobierno constituido y teníamos como
Presidente de la República al Sr. Venustiano Carranza. Los habitants de
México vivían alegres y confiados no así los del estado de
Michoacán que siempre estaban en constante zozobra, amenazados por los
guerrilleros al mando del cabecilla Inés Chávez García quien
tenía azolada toda la comarca comprendida entre los pueblos de Zamora Cotija,
La Piedrad y lugares circunvecinos. Esto dio lugar a que fuerzas del General Joaquín
Amaro, el hombre de la coqueta, estuvieran siempre en supersecución sin
llegar a capturarlo. Era tal la audacia de Chávez García, que muchas
veces se acercaba a la via férrea, la destrozaba e incendiaba los trenes. Fue
precisamente en esa época tan llena de peligros cuando tuvimos que hacer
nuestro viaje de bodas, temerosos de ser asaltados. Afortunadamente llegamos a
la ciudad de Guadalajara sin contratiempos. En la estación del ferrocarril
ya estaban los familiares de mi marido esperándonos. Después de
algunos días de agasajos, proseguimos nuestro viaje, tomando el tren por
la vía de Colima, ya que teníamos que pasar a esa ciudad para proseguir
al Puerto de Manzanillo y continuar hasta nuestro destino que era Las Peñas
donde, como dije antes, ya mi esposo estaba establecido. Después
de viajar todo el día llegamos a Colima y, a la mañana siguiente,
mientras saboreábamos un rico desayuno en el portal. Pude observar la manera
de vestir de los huéspedes: vestían camisa y pantaloon color blanco
de una tele muy delgada y transparente y sombrero de Panmá. Empezaba el
tiempo e calor. Hicimos un leve recorrido por la ciudad
y enseguida nos trasladamos en un tranvía tirado por mulitasa la estación.
Una vez que hubimos llegado, pude ver en el andén a unas mujeres con cántaros
de los cuales servían algo en unos jarros; llena de curiosidad me acerqué
al grupo y le pregunté sobre el contenido de ellos. Me hicieron saber que
era una bebido llamada tuba y que la sacaban de los cogoyos que descopetaban de
las palmas del coco de agua; me hice servir un jarro que gusto saboreé. Pronto
fuimos conducidos al major hotel de entonces, el hotel Manzanillo, regentado por
unos chinos, ¡qué horror de hotel! No tenía servicios de agua
y los "communes" eran unos altos cajones que para subir al "trono"
requerían de escalera de mano. Pregunté a qué se debía
esa escasez de agua y me informaron que las personas acomodadas teníal
aljibe para almacenarla y los demás compraban el agua que vendían
por las calles, acarreada en botes, a lomo de burro; todo esto me pareció
muy incómodo, pero así era Manzanillo en aquellos tiempos. Después
de dormir una pequeña siesta, salimos a hacer un reocrrido por el Puerto;
la tarde era sofocante. Sintiéndonos cansados, encaminamos nuestros pasos
a una refresquería situada frente al mar; allí nos hicimos sevir
unos ricos cocos helados; en eso estábamos cuando vimos venir hacia nosotros
un gurpo de personas, entre ellas a un señor alto, Delgado, de mediana
edad, que muy sonriente se acercó a saludarnos. Después de las presentaciones,
me dijo mi esposo: "mira Catalina, estas personas son de Las Peñas
y les tengo mucha estimación. El señor es don Adolfo Godínez
y su señora, Cecilia Santana". Con ellos estaba también la
señora Lola Amaral, hermana del comisario de Las Peñas de aquel
entonces, don Pedro Amaral. Al momento sentí simpatía por ellos
al ver que eran personas agradables. Mi esposo le comentó
al Sr. Godínez, que estaba preocupado por no haber una embarcación
que nos llevara a Las Peñas y que no sabíamos qué hacer ;
entonces el Sr. Godínez nos dijo que él tenía contratado
un barco llamado " Sin Nombre" en donde le iban a llevar sus mercacías
y que esperaba que nuestro problema quedara resuelto en cuanto hablara con el
capitán del barco así como con el jefe de la Aduana. Mientras él
hacía las gestiones necesarias, nos fuimos a dar un paseo para conocer
el puesto. ¡Qué típico, qué hemoso me parecío
todo aquello! Me sentía como un pajarillo escapado de su jaula, con ansias
de ver todo lo que ante mis ojos se presentaba y que era Nuevo para mí:
el mar; la playa, más radiante el sol. Este conjunto de maravillas las
apreciamos mejor cuando ascendimos al cerro del vigía, desde donde también
vimos el gran rompeolas. Me gustaron mucho sus casitas
enclavadas en el cerro; me dieron impression de una tarjeta posta, de un nacimiento;
algunas de ellas parecían estar suspendidas en el espacio, formando un
bello conjunto. Al descender, tomamos la calle principal,
pasamos por un jardín y nos sentamos en una banca a escuchar la música
pues era la hora de la serenata. Bien entrada la noche regresamos al hotel. Tendríamos
como una hora de habernos acostado cuando unos fuertes goldpes dados en la puerta
nos sobresaltaron y, al preguntar qué era lo que pasaba, nos informaron
que el barco ya estaba listo para salir a Las Peñas y que era urgente que
nos alistáramos para la marcha. Al escuchar esto, comprentdimos que era
un engaño ya que por la tarde habíamos llegado a la Aduana para
saber si nos admitirían como pasajeron en el barco "Sin Nombre"
y, contestando a nuestra pregunta nos habían informado que todo estaba
arreglado y que la salida sería al día siguiente, a las dos de la
tarde. Después de un largo rato volviendo a llamar
a la puerta con más insistencia; pensando que algo malo nos podia pasar,
optamos por quedarnos callados ya que en esos tiempos se cometían muchos
abusos. Ante nuestro silencio optaron por irse. Había
pasado una hora cuando de Nuevo volvieron a golpear la puerta y, ya molesto mi
marido, de un salto brincó de la cama y yo con él; entreabrió
la puerta y les preguntó el objeto de tal impurdencia tan fuera de hora;
eran varios los individuos que nos llenaron de pregunta, querían saber
el santo y seña de nosotros, pidiéndonos nuestra identificación
y, como no teníamos nada a la mano, les mostramos la participación
de nuestro matrimonio. Mayor que se había ido con
la paga de los soldados y por lo tanto querían aprehenderlo. Mi esposo
les dio los nombres de algunas personas de la localidad que podían identificarlo;
ante esto el jefe de armas desistió de su empeño y nos dejó
en paz. Al otro día, al levantarnos, fuimos directamente
a la administración del hotel a quejarnos y solo nos dieron disculpas.
De ahí nos dirigimos al comedor acompañados del joven Salvador Barraza,
buen amigo nuestro y, fijando la vista alrededor, nos dimos cuenta de que teníamos
centinelas de vista. Al acercarse la mesera le pregunté qué significaba
eso y me dijo al oído que el jefe de armas preguntaba por la joven de sombrero
blanco y que toda la noche había estado sitiado el hotel. Al enterarse
mi marido, rápido nos levantamos y nos fuimos a la casa del Dr. Atilano
Velazco, persona encargada de salubridad, y amigo de mi esposo. Después
de presentarme con el doctor y su familia, le platicó lo que nos ocurría
y me dejó al cuidado de ellos, mientras él iba a hablar con el famoso
jefe de armas para aclarar las cosas. Después mi esposo me contó
que discutieron y se acaloraron, pero al fin el jefe se volvió puras disculpas.
Esta actitud de mi marido la veo yo como un acto de valor civil, dado el individuo
con quien se enfrentaba. Con los nervios mis tranquilos
volvimos a ver al señor Godínes para confirmar nuestro viaje y la
hora de salida. Este señor y su esposa fueron padres de los jóvenes
que viven aquí en el Puerto: Lorenzo, Carmen, Chonita y Victoria, todos
casados y personas muy apreciadas. Catalina
Montes de Oca Aguilar Archivos
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